16 de febrero de 2018

Cómo cuidar a las mujeres de tu vida que sufren violencia machista

Grafitti de Alice Pasquini, artista italiana



Cuando una mujer a quien queremos mucho (madre, hermana, hija, amiga, tía, sobrina, compañera de trabajo) está siendo víctima de malos tratos y violencia machista necesitamos herramientas para poder acompañarla en su proceso, para cuidarla y para cuidarnos nosotras también. Aquí algunas claves que nos pueden ser útiles:

- Acompaña y escucha: ella no busca en ti soluciones, no quiere que la salves de su situación. Sólo quiere que la escuches, poder desahogarse, expresar sus emociones, y llorar si lo necesita. Para facilitarle las cosas, hay que crear un ambiente en el que ella pueda sentirse segura, tranquila, a salvo, y sobre todo, un espacio de intimidad en el que no se sienta juzgada ni presionada.

- Hazle saber que te tiene ahí para todo lo que necesite, una y otra vez. Que sepa que puede llamarte a la hora que quiera si está en peligro o si se siente muy mal, que sepa que puede sentirse libre para llorar contigo o para pedirte un fuerte abrazo, que sepa que tiene tu casa si una noche se complica mucho todo, tiene el impulso de salir, y no sabe a dónde ir.

- Regala preguntas que le permitan hablar más, que le permitan pensar en voz alta contigo, que le permitan verse desde otra perspectiva, que le permitan ir practicando la auto-crítica amorosa y disipando el auto-engaño poco a poco.

- Desarrolla su imaginación en positivo: ¿cómo te hubiese gustado que fuese tu pareja?, ¿cómo te gustaría que fuese tu próxima pareja?, ¿cómo te gustaría estar dentro de dos años?, ¿cómo sería vivir una bonita historia de amor?, ¿cómo sería tu vida sin pareja?, ¿cómo ayudaría ella a una amiga en su situación?. Imaginad juntas un final feliz a la situación.

- Disfrutar juntas: intentad encontrar momentos en los que él no sea el centro de atención de ambas, momentos en los que ella pueda olvidarse por un rato del infierno que está viviendo. Es fundamental poder desconectar para tomar aire, así que proponle actividades que le gusten o le diviertan, vayan a comer su comida favorita, a sitios que a ella le hagan sentir bien, a hacer cosas que le gusten.

- Si la sientes receptiva al contacto físico, dale mucho amor: abrazos, besos, sonrisas, caricias, miradas cómplices... en estos momentos, ella necesita sentirse querida.

- Pídele permiso para ofrecerle recursos y herramientas, instituciones o colectivas a las que pedir ayuda, lecturas interesantes sobre el tema de la violencia, o el tema de las masculinidades y los feminismos. Puedes buscar contactos de gente especialista en el tema (psicólogas, trabajadoras sociales, terapeutas) simplemente para que ella sepan que están ahí, sin que se sienta obligada a buscar ayuda. Puedes tratar de debatir con ella sobre el amor y las relaciones de pareja a nivel teórico para luego poder aterrizarlo en lo personal, puedes contarle historias de mujeres que lo pasaron fatal y lograron liberarse, puedes ponerle al alcance de su mano materiales e información que le ayuden a tomar perspectiva sobre su propia situación.

- Pregúntale a menudo qué necesita de ti durante el proceso de acompañamiento, cómo puedes ayudarle, si puedes hacer algo que esté al alcance de tu mano, si se siente bien contigo y si confía en ti. Puedes pactar con ella la manera en la que vas a acompañarla y a cuidarla, puedes ponerle límites y pedir lo que necesites de ella, puedes hablarle también de cómo te sientes tú y de cómo te gustaría que terminase todo con un final feliz.

- Trata de ponerte en su lugar, desarrolla tu empatía al máximo sin juzgarla. Sé comprensiva.

- Respeta su tiempo: cada cual necesita su tiempo para reaccionar o para pedir ayuda, hay mujeres que tardan más en elaborar el proceso que están viviendo, y otras que tardan menos. No impongas tú el ritmo, y acepta si un día no quiere hablar del tema o si un día no puede parar de hablar del tema.

- No des tu opinión ni des consejos a menos que te los pidaNo le digas lo que tiene que hacer, ni cómo, ni cuándo. Lo importante, siempre, es la escucha amorosa y atenta. No des órdenes ni ofrezcas soluciones mágicas: salir del círculo de la violencia no es nada fácil.

- Recuerda que desde fuera se ve todo muy fácil. Evita decirle cosas como: "Si mi pareja me tratase mal me iría de su lado inmediatamente". Las circunstancias de cada una son diferentes, y en la mayoría de los casos a ellas les resulta difícil o imposible escapar de su situación.

- Cuida mucho tus palabras. Es importante evitar sentimientos de culpa en ella, y también hay que cuidarla para que no se sienta atacada o presionada, para que no se vea de pronto entre la espada y la pared (teniendo que elegir entre su agresor o tú).

- No la subestimes ni la trates diferente. Probablemente es consciente de la situación en la que está, pero recuerda que no es fácil reconocérselo a una misma o reconocérselo a la gente que te quiere. Es muy probable que no tenga un buen concepto de sí misma, por eso se siente incapaz de salir de la situación en la que está: necesita refuerzo positivo para aprender a confiar en sí misma y en sus habilidades.

-  Evita los maternalismos y los paternalismos, y sitúate al mismo nivel que ella en la conversación, sin ponerte por encima, sin tratarla como a una víctima, sin considerarla una niña, sin tratar de impresionarla con tus conocimientos sobre el tema. Cuida tu rol de salvadora: no puedes rescatarla ni cambiar su vida, sólo acompañarla.

 -No le hables mal de su pareja o su ex pareja. Ella generalmente le ve su lado más humano, ve al niño asustado que lleva dentro, por eso empatiza con su agresor y lo justifica. Tú misión es tratar de que el centro de la conversación no sea él, sino ella.

- No le regañes ni te muestres decepcionada: aunque te sientas enojada, con rabia, con dolor, decepcionada o triste, intenta gestionar tus emociones, céntrate en la escucha y el acompañamiento, y piensa en lo machacada que tiene la autoestima tu amiga o tu familiar: es importante que sepa que estás a su lado aunque haga cosas que te duelan.

- Si ella te ve sufriendo mucho por la situación, es probable que intente protegerte y no te cuente nada de lo que le está pasando. Es importante mostrarse tranquila porque ella está viviendo un tsunami emocional y necesita contención y seguridad. 

- No te lo tomes a lo personal cuando ella vuelva con su agresor por enésima vez, no te lo tomes a lo personal cuando ella le justifica, trata de distanciarte emocionalmente para entender que no puedes manipular sus emociones, ni dirigir su comportamiento, ni transformar su vida. Sólo puedes escucharla, acompañarla, y ofrecerle tu cariño.

- Aprende a distinguir sus problemas de los tuyos. Puedes tomar decisiones sobre tus problemas si los tienes, pero no sobre los problemas de los demás. Puedes solidarizarte con ella, pero no asumir como propia su situación emocional. Es normal que te afecte mucho la situación porque la quieres, porque quieres protegerla, porque tienes mucho miedo de que le pase algo, pero intenta desahogarte con otra persona, y distanciarte un poco emocionalmente. Para poder ayudarla tienes que estar bien tú, sentirte con fuerzas y energías, sin sentirte culpable ni sentirte responsable. 

- Pide ayuda a tu gente para crear una red amorosa de cuido para ella y para ti en el que podáis compartir el acompañamiento entre varias personas queridas. Cuantos más seáis ayudándola, más arropada se sentirá, pero siempre hay que respetar que no quiera compartir su proceso con más gente.

- Recuerda que tú también necesitas apoyo moral, también lo pasas fatal, también te invaden los miedos y la rabia y la pena y el dolor, también necesitas escucha y acompañamiento. Por eso es tan necesaria esta red de cuido que os sostenga a ambas, o al menos a ti. Déjate cuidar y querer, descansa, duerme bien, come mucho, cuídate mucho y busca tus momentos lindos para tomar fuerzas en el acompañamiento.


Coral Herrera Gómez


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14 de febrero de 2018

Entrevista para El País, Febrero 2018



Me entrevistó Rita Abundancia para el S Moda, podéis leer su reportaje aquí, y podéis leer la entrevista completa a continuación:

Entrevista de Rita Abundancia a Coral Herrera

P. ¿Qué papel juega el concepto de amor romántico en la sociedad actual (es una utopía, una droga, un ideal inalcanzable, una forma de tener controlado al personal)?

R. El amor romántico es una droga muy potente creada por el patriarcado para mantenernos entretenidas a las mujeres. Una forma eficaz y relativamente rápida de desarticular los movimientos sociales ha sido introducir droga para desviar las energías colectivas hacia la fiesta y los viajes, a solas y en grupo. Así que la forma más efectiva de control sobre las mujeres es convertirnos en yonkis del amor. Nos quieren tristes, amargadas, deprimidas, acomplejadas, miedosas, cabreadas, anuladas, y en batalla contra nosotras mismas. Nos quieren mirándonos el ombligo, soñando con nuestro paraíso individualista, imaginando al Príncipe Azul, drogándonos como locas, insaciables, y permanentemente decepcionadas y frustradas. Cada una en su casa, aislada, con miedo a no ser amada, con miedo a no ser correspondida, con miedo al abandono y a la soledad.

No hay nada más peligroso para el capitalismo y el patriarcado que las mujeres unidas luchando por el bien común, por la paz, la igualdad y los derechos de los Humanos, de los seres vivos y de la Naturaleza. Por eso nos bombardean constantemente con el mito romántico como vía para la salvación personal. Nos hacen creer que la felicidad está en encontrar la media naranja que se responsabilice de nuestro bienestar, de nuestra salud emocional y mental, de nuestra felicidad. Y así nos desactivan y nos debilitan a todas: gastamos mucho tiempo de nuestras vidas en buscar, en hacer, en vivir el amor. Tiempo y energías que podríamos dedicar a cosas más bonitas, más útiles y más placenteras. Por ejemplo, a hacer realidad nuestros proyectos, a disfrutar de nuestras pasiones, a disfrutar de nuestra gente, a tejer redes de afecto y de ayuda mutua…

La verdad es que el amor es una trampa para nosotras, porque en lugar de hacernos felices, nos hace sufrir mucho. Nuestra cultura amorosa está basada en la mitificación del masoquismo femenino, nuestras heroínas son grandes sufridoras que se sacrifican por amor, que se entregan por completo, que renuncian a su poder y a su libertad, que se pasan la vida sufriendo porque no se sienten queridas. En estas condiciones, resulta muy difícil disfrutar del amor, pero creo que podemos trabajar individual y colectivamente para desmontar el mito romántico y buscar otras formas de relacionarnos sexual, emocional y afectivamente.


P. Cuéntanos brevemente cómo se creó esta idea del amor

R. El amor romántico se gestó en los orígenes de nuestra cultura occidental. En la cosmogonía griega Zeus y Hera son un matrimonio típico del patriarcado: el objetivo de él es ponerle los cuernos a su mujer, y el objetivo de ella es evitarlo, vigilar a su esposo, y castigarle cuando era infiel. Así se pasan miles de años los pobres, entretenidos en una lucha de poder absurda, jugando al ratón y al gato, haciéndose de rabiar, tratando de imponerse al otro o a la otra a toda costa.

Otro momento importante es el del Amor Cortés, que surge en la Edad Media como un arte masculino inventado para enamorar a las damas y poder entrar en la Corte de los reyes. Los hombres se arrodillan y se someten a las mujeres, y componen cursis poemas para subir la autoestima y el Ego de la elegida, y para derretir su corazoncito. Digamos que es el único momento de gloria en la vida de las mujeres: el tiempo en el que intentan ser cortejadas por un hombre. Cuanto más se resistan, más especiales se sienten. Es sólo un espejismo romántico, pero aún hoy en día sigue funcionando.

 Y luego viene el Romanticismo cuando surge la burguesía. Para disfrazar el contrato económico del matrimonio, se inventan una forma de amar muy parecida a la de una religión, con sus milagros, sus mártires, sus mitos, sus relatos, sus creencias, sus mandamientos, sus falsas promesas, su infierno y su paraíso…

Las mujeres se engancharon masivamente a este modelo de amor idealizado porque para ellas suponía una liberación: ya no querían casarse con viejos babosos, sino con hombres a los que amasen para vivir unidas por toda la eternidad. Se rebelaron al mandato patriarcal y desobedecieron la ley del pater, porque se querían casar enamoradas.

El Romanticismo es profundamente capitalista e individualista, porque sigue la máxima del “sálvese quién pueda”: los paraísos románticos están hechos a nuestra medida, diseñados para que aunque los demás no puedan ser felices, yo si pueda.

Y hoy con la globalización, todo el mundo busca enamorarse como una forma de escapar a la soledad y a la crueldad del individualismo. Ninguno quiere morir solo en su casa sin que nadie se entere o a nadie le importe.


P. ¿Qué papel tienen la mujer y el hombre en ese concepto? Efectos colaterales de esta idea para la mujer y para el hombre (éste también sale perjudicado)?

R. A las mujeres nos enseñan a poner el amor en el centro de nuestras vidas, para los hombres en cambio el amor es una cosa más entre otras muchas (negocios, trabajo, deportes, amigos, aficiones, etc.).

Amamos de manera diferente porque nos mandan mensajes diferentes: para nosotras el amor es la salvación (de la pobreza, de la explotación, de una familia castradora, de una vida aburrida), mientras que ellos se defienden del amor porque creen que es el arma que tenemos las mujeres para dominarlos. Temen perder su poder, su autonomía y su libertad si se enamoran, así que se piensan mucho lo de formar pareja y adquirir un compromiso: se juegan mucho.

Nosotras queremos desnudarnos y vivir la pasión profundamente, ellos evitan los estados emocionales intensos y les cuesta disfrutar por los miedos e inseguridades de la masculinidad frágil.

Nosotras queremos vivir un amor de película, ellos quieren estar tranquilos y tener todo bajo control. Nosotras queremos hablar todo el tiempo de cómo nos sentimos y que el otro haga lo mismo, ellos tienen serios problemas para mostrarse desnudos, para dejar ver su vulnerabilidad, para hacer autocrítica, para compartir sus emociones, para profundizar en si mismos.

Ellos quieren sumisas complacientes, leales y puras, fieles y devotas. Nosotras queremos hombres fuertes y sensibles, guapos, divertidos, cariñosos, cultos, generosos, honestos, sinceros, buenas personas. Queremos que nos protejan y nos mantengan, que nos cuiden y nos quieran para siempre, que tengan medios para mantenernos.

Nuestras relaciones son interesadas, porque nosotras trabajamos el doble que ellos, trabajamos muchas horas gratis, sufrimos más el desempleo, la precariedad laboral, y somos más pobres que los hombres en todo el planeta. Los multimillonarios son hombres, los dueños del 80% de las tierras son hombres, los dueños de los medios de comunicación y los medios de producción son hombres.

Así que es muy difícil que podamos querernos en estas condiciones. Nos relacionamos desde la necesidad, no desde la libertad, y esto no nos permite disfrutar del amor.

Este desequilibrio provoca que vivamos constantemente en luchas de poder por dominar al otro o imponerle nuestro modelo amoroso. Vivimos permanentes guerras románticas porque no sabemos construir relaciones igualitarias, sanas, y libres. Nos cuesta tratarnos con amor, nos cuesta disfrutar del amor, a ellos creo que mucho más que a nosotras, porque el mundo es jerárquico y muy violento, y el amor precisa de mucha solidaridad, empatía, generosidad y trabajo en equipo.

Así que tenemos que liberar al amor del machismo y del patriarcado, desmitificarlo, desaprenderlo, y reinventarlo, para que podamos disfrutarlo todos y todas. 


P. Tu propones otra idea diferente del amor, hablas del amor compañero o de acompañamiento amoroso. Explícanos este concepto.

R. Mi romanticismo siempre consistió en ser querida como a una compañera. No siempre lo logré por las resistencias de los chicos a considerarte una igual, especialmente en la adolescencia, una época en la que la mayor parte de mi generación creíamos que el amor pasional era una guerra plagada de sufrimiento, mentiras, infidelidades, traiciones, engaños, y mal trato.

Ahora disfruto mucho del amor porque lo vivo en pareja, desde la filosofía del compañerismo. Nos tratamos bien, nos queremos bien, somos honestos, nos comunicamos con cariño, nos acompañamos, nos divertimos, y gestionamos los conflictos desde el amor, tratando siempre de no hacer daño al otro y de hablar sobre lo que estamos sintiendo.

Supongo que tengo idealizado el amor compañero porque para mí es esencial poder construir una relación igualitaria, en horizontal, que no se encierre en sí misma, que se nutria de la libertad de ambos miembros de la pareja para estar juntos, o para separarse si lo desean.

Y bueno, hay que trabajárselo mucho, individual y colectivamente, para poder llegar a relacionarnos como compañeros de vida y compañeros de viaje. Pero yo soy optimista y creo que si es posible, y creo además que es urgente acabar con las estructuras patriarcales de la dominación y la sumisión que nos impiden querernos bien. Porque no es sólo cuestión de quererse mucho, también hay que quererse bien.


P. El matrimonio gay o el poliamor tratan de huir de este concepto del amor romántico.

R. Mmmmm creo que no. Creo que la mayoría lo reproducen igual que las parejas heteros: se reparten roles, establecen relaciones interesadas, de dependencia
mutua, basadas en la posesión y la dominación…. batallan en luchas de poder, se engañan y se tratan mal, les cuesta separarse con amor….

Los patriarcados nos habitan a todos por igual, no importa si somos feministas o no, si somos hombres o mujeres o si no somos ninguna de las dos cosas. Lo hemos mamado desde pequeñas en todas las películas, todos los cuentos, todas las novelas, y es bien difícil no interiorizarlo: aprendemos a amar en la cultura y en la familia.

Y en el caso del poliamor lo veo muy claro: o es poliamoría feminista, o es igual de patriarcal que la monogamia.


P. ¿Crees que a medio-corto plazo la sociedad trascenderá la idea del amor romántico buscando alternativas más queer o que nos enfrentamos a una ola de conservadurismo?

R. A medio- corto plazo no veo muchos cambios. Es que son muchos siglos de patriarcado encima los que llevamos. Las ideas fluyen muy rápido y es fácil ponerse a imaginar otras formas de querernos, pero lo difícil es cambiar nuestras emociones, que son patriarcales. Hay que hacer una revolución emocional, sexual, afectiva, de cuidados, y a la vez cambiar nuestras formas de organizarnos política y económicamente, nuestra manera de relacionarnos, nuestros relatos, nuestra cultura, nuestras religiones. Es una revolución total la que necesitamos para que nuestras emociones y nuestras relaciones cambien, y la educación no nos está ayudando. 

Necesitamos educación emocional y educación feminista para aprender a gestionar nuestras emociones, para expresarlas sin hacer daño a nadie, ni hacernos daño a nosotras mismas. Necesitamos desaprender el patriarcado y desmontar los cuentos que nos contaron, necesitamos desmitificar el amor y ponernos a hablar de ello en todos los espacios públicos: es urgente que acabemos con la violencia machista, la desigualdad, la discriminación, la explotación y la acumulación de poder y de recursos. Entonces hay que hacer mucha autocrítica amorosa, y hay que activar la imaginación para construir otras formas de querernos y de organizarnos. Queda mucho trabajo por delante, pero yo soy optimista porque siento que cada vez somos más los que queremos sufrir menos, y disfrutar más del amor.



Parte de esta entrevista fue publicada en El País el día 14 de Febrero:


13 de febrero de 2018

San Valentín 2018

Veo a muchas chicas hablando del día de San Valentín, no veo a ningún chico hablando de tan sagrada fecha, ¿será que a ellos les importa poco o muy poco, y que a nosotras mucho, o demasiado? Da qué pensar, ¿no, compañeras?, ¿nos lo miramos juntas?



¿Crees que vives en un mundo lleno de parejas felices?





Estábamos celebrando un chat en directo en el Laboratorio del Amor cuando una compañera nos contó que ella cuando caminaba por la calle y veía tantas parejas felices con o sin hijos, con o sin perro, se preguntaba: ¿por qué yo no puedo estar así, emparejada y feliz?, ¿por qué todo el mundo menos yo? 

Enseguida nos pusimos a desmontar las imágenes idílicas que habitan nuestro imaginario colectivo sobre las parejas:

De todas las parejas felices que ves paseando por el parque, unas están en proceso de separación, otras están juntas porque creen que no les queda otro remedio.

Unas acaban de discutir a gritos y llantos antes de salir con sus galas de domingo a pasear su “felicidad”, otras llevan sin hablarse una semana.

De todas esas parejas felices que vemos en el súper y en el centro comercial, hay un alto porcentaje de personas que se han arrepentido o se arrepienten de haberse juntado a su pareja pero se han resignado. También es probable que un alto número de ellas apenas tenga encuentros sexuales, si acaso algún sabadete al mes y para de contar.

Hay parejas que ves en las fiestas tan sonrientes que viven verdaderos infiernos conyugales, pero no saben o no pueden salir de ellos y se han habituado a pasar la vida peleando y guerreando.

Hay muchas parejas que en realidad no son pareja pero siguen conviviendo juntos, bien “por los niños”, bien por cuestiones económicas o logísticas (no todo el mundo se puede permitir el divorcio), bien por costumbre o por miedo a quedarse solo/a.

Hay parejas felices abiertas que tienen varias parejas, unas son felices y otras lo pasan fatal, ambos o uno de ellos.

Hay también parejas clandestinas que pasean con miedo a ser descubiertas, hay parejas que pasean sin saber que la otra persona junto a la que caminan tiene un amante.

Si, hay parejas felices y enamoradas, sobre todo las que están empezando: las vemos radiantes, haciéndose arrumacos, mirándose con deseo, tocándose en todas partes. Pero cuando acaba la borrachera del enamoramiento, muchas veces la cosa no culmina en la construcción de un amor feliz, sino que generalmente se acaba la relación porque no da para más la cosa. 

Cuando si da para construir una relación amorosa, el paso del tiempo va haciendo estragos en casi todas las parejas. El aburrimiento, el Ego, la necesidad de sentir nuevas emociones con nuevas personas nos hacen romper todos los juramentos de amor eterno que hacemos al principio. Esto sobre todo les pasa a ellos, porque como a nosotras nos inocularon el mito de la monogamia, nos cuesta más expandir nuestro amor a más personas, y encima seguimos creyendo que es para los hombres también. Pero incluso nosotras también nos saltamos las normas, aunque lo tengamos muchísimo más difícil que ellos: tenemos menos tiempo, (recordemos que según las estadísticas, ellos tienen 4 o 5 horas de tiempo libre al día y nosotras una o ninguna), y socialmente está peor vista la infidelidad femenina que la masculina. En algunos países te matan por ser infiel, te encarcelan o te torturan si eres mujer.

Hay parejas felices que ves entrando al cine cuyos miembros sufren porque no saben amar, porque son egoístas e interesados, porque no confían en nadie, porque tienen miedo de ser felices.

Hay parejas felices que van a misa en las que las mujeres están sufriendo malos tratos y violaciones a manos de su propia pareja, pero tú no te das cuenta. De todas esas mujeres, algunas serán asesinadas por la violencia machista. Algunas de esas parejas tienen hijos e hijas que también sufren la violencia machista, los malos tratos y los abusos sexuales de sus padres, padrastros, abuelos, tíos, primos o gente cercana, aunque no puedas verlo cuando van todos vestidos de punta en blanco simulando ser una familia feliz.

Por eso es tan importante desmitificar a la pareja como la quintaesencia de la felicidad: el patriarcado no nos deja disfrutar del amor. Es muy complicado quererse bien cuando no hay igualdad, admiración, respeto, fascinación mutua. No se puede construir nada en relaciones en las que unos son sujeto y las otras objeto. 

Todas nuestras relaciones humanas son complejas, y a menudo conflictivas. En todas sostenemos luchas de poder, dominamos o nos dominan, abusamos o abusan de nosotras. En todas las relaciones tenemos problemas para comunicarnos con claridad y asertividad, para contener nuestras emociones más fuertes, y nos cuesta relacionarnos de tú a tú, de igual a igual. En las relaciones de pareja es más complicado todavía.

Nuestras emociones son patriarcales, nuestros sueños y anhelos son patriarcales, nuestro deseo es patriarcal. En la teoría y el discurso tenemos muy claro que hay que liberarse del patriarcado, pero el cambio en las emociones es mucho más lento, son muchos siglos de patriarcado. 

Aguantamos y sufrimos tanto en pareja porque el romanticismo occidental está basado en el masoquismo femenino, y las mujeres creemos que no se puede desligar el amor del sufrimiento, el amor del sacrificio, el amor de la renuncia.

No sabemos separarnos con amor, no sabemos parar una relación en cuanto detectamos la primera señal de que la cosa no nos conviene, o no funciona y no va a funcionar. Toda la cultura mitifica el amor de pareja, pero lo cierto es que no todos sabemos querernos bien: para construir una pareja hay que trabajárselo día a día, y también, hay que tener mucha suerte para encontrar una persona con la que poder disfrutar del amor.

Porque no abundan.

Es casi un milagro encontrar a alguien especial con el que surja un enamoramiento recíproco y la magia se sostenga en el tiempo. 

A veces ocurre que nos juntamos a personas que no conocemos y no resultan ser tan geniales cuando nos vamos conociendo.

Otras veces sucede que sí te encanta como es la otra persona, pero notas que se le va pasando poco a poco el enamoramiento y se va alejando de ti.

O al revés, eres tú la que te vas alejando porque se te baja el deseo, las ganas, o simplemente te va dejando de gustar o la otra persona conforme la vas conociendo mejor.

Entonces si lo pensáis, es bien difícil tener pareja, y sobre todo, es difícil que dure. La realidad es que nos juntamos para probar si nos va bien, si funcionamos, si hay química, si hay compatibilidad, pero si nos enamoramos y la otra persona no nos corresponde, sufrimos. Fijaos si es complicado: los hombres han sido educados con un concepto de amor, y nosotras con otro radicalmente diferentes. Por eso a ellos les importa poco San Valentín y para nosotras es tan importante.

No podemos estar siempre deseando que el amor nos colme, nos complete, nos haga volar, nos empodere, nos permita valorarnos y querernos a nosotras mismas. No nos hace falta tener pareja: nos hace falta tener comida, un techo para cobijarnos, una ducha, ropa para vestir, agua potable para beber, atención sanitaria de calidad y gratuita, educación pública de calidad y gratuita, salarios dignos... 

Tanto si hemos vivido un romance brutal con una conexión absoluta como si no hemos experimentado jamás tal éxtasis, la meta de nuestras vidas no puede ser el paraíso romántico. La búsqueda de la media naranja no puede convertirse en el centro de nuestras vidas.

Porque si todo nuestro tiempo y energías los dedicamos a encontrar al Príncipe Azul y a retenerlo a nuestro lado, ¿qué pasa con nuestros proyectos, con nuestras pasiones, con nuestra red de afectos? El amor no puede ser una eterna carencia o un sueño imposible, sino una energía que flota en el ambiente cuando eres feliz, cuando estás con tus tribus, cuando tienes mucha alegría de vivir, cuando tienes ganas de disfrutar de la vida, cuando no necesitas tener una pareja para ser feliz.

Y precisamente esta es la clave de la transformación individual y colectiva que necesitamos: que todas podamos liberarnos del miedo a la soledad, y de la necesidad de tener pareja para poder amar en libertad. Y para disfrutar de la vida todo el tiempo, con o sin pareja. 


Coral Herrera Gómez

11 de febrero de 2018

Otras formas de organizarnos son posibles



En la actualidad nos organizamos en jerarquías: arriba unos pocos multimillonarios, en su mayoría hombres blancos, y abajo todos los demás. Cada uno ocupamos una posición diferente dentro de esta pirámide social y económica, dependiendo del país en el que hemos nacido, la clase a la que pertenecemos, si somos hombres o mujeres, si somos heteros o no lo somos, la edad que tenemos, la profesión que ejercemos, la religión que seguimos...

Entonces para que unos pocos dejen de acumular todo el poder y todos los recursos explotando a los demás, tenemos que acabar con esta jerarquía y buscar otras formas de organizarnos social y económicamente de manera que todos podamos disfrutar de la vida. Nuestras relaciones personales y sociales son interesadas, nos relacionamos con la estructura de dominación y sumisión, y perdemos mucho tiempo y energías en luchas de poder en las que todos queremos ganar, o al menos, intentamos que no abusen de nosotros.

Hay que acabar con el patriarcado y el capitalismo: son formas de organizarnos y relacionarnos que no nos sirven. Si fuesen buenas, el mundo iría de maravilla, pero resulta que es justo todo lo contrario: nos dirigimos de cabeza hacia la autodestrucción.

La especie humana sobrevivió gracias a nuestra capacidad para cuidarnos los unos a los otros, para colaborar, cooperar, trabajar en equipo, y ayudarnos mutuamente. Ahora vivimos en un mundo atroz, en parte porque hemos abandonado estas redes de cuido, de trabajo en equipo, de solidaridad en grupo, y necesitamos volver a recuperarlas para hacer frente a un sistema injusto, desigual y violento. Es urgente acabar con la pobreza y dejar de destrozar el planeta, es urgente cambiar el modo de producir y de consumir, es urgente acabar con las guerras y la violencia. Hay que redistribuir las riquezas para que nos alcancen a todos, hay que dejar de construir enemigos, y lo más importante: hay que seguir trabajando para que todos y todas tengamos garantizados las libertades y los derechos humanos fundamentales.

Si, otras formas de organizarse y de relacionarse son posibles: necesitamos mucha generosidad, mucha solidaridad, mucha alegría de vivir y mucho amor del bueno para construir un mundo más humano, más pacífico, más justo, más igualitario y diverso en el que quepamos todos y todas.

Coral Herrera Gómez

10 de febrero de 2018

Qué bonito es el amor (correspondido)


·"MiniCuadro", de David Fernandez Saez


A veces en la vida pasan cosas extraordinarias, como enamorarte de alguien y ser correspondida. Es una de las experiencias más hermosas y alucinantes de estar viva. Querer y que te quieran, estar en el mismo momento, en la misma onda, con la misma energía puesta en el amor, con la misma curiosidad y fascinación por adentrarse en el interior de la otra persona . Tener el mismo ritmo, tener las mismas ganas, la misma ilusión, y parecidas ideas sobre el amor y la pareja. Que nos apetezca a los dos lo mismo, que nos pase a los dos lo mismo, que nos veamos los dos inundados de la borrachera del enamoramiento a la vez.

No es frecuente, pero pasa. Yo lo he vivido algunas veces en mi vida y ha sido maravilloso. Es bien difícil que ocurra, porque todos llegamos al amor con nuestros miedos, resistencias, intereses, deseos, y con nuestro pasado a las espaldas. Es bien difícil que se de la chispa entre dos personas a la vez, y que puedan vivirlo con la misma intensidad ambos. A veces vivimos ese espejismo durante unos días, pero pronto empiezan los peros, los problemas, las definiciones, los miedos, y ya no resulta tan fácil gozar del amor. 

Para mi ese momento que transcurre entre el primer beso y el ¿"qué somos?" es un espacio de incertidumbre deliciosa, porque es el momento máximo de libertad total, y trato de alargarlo lo más posible cuando los dos estamos disfrutando con tanta intensidad y tanta alegría. No hay ninguna palabra que reduzca o limite el encuentro, no hay ningún límite al placer. El cuerpo nos lleva al otro cuerpo, llamamos sin saber si estamos haciendo bien o no, queremos drogarnos como locas y lo más alucinante es que a la otra persona le pasa lo mismo. No hay límites al amor, sólo muchas ganas de verse y de compartir placeres. No hay obligaciones ni compromiso, sólo el aquí y el ahora: podemos detener el mundo y amarnos como si no hubiera un mañana. No sabemos si será una gran historia de amor ni cuánto durará, pero no nos importa porque lo único que queremos es saborear el presente y disfrutar de una oportunidad única de vivir en un estado de locura total durante un tiempito que siempre nos parece corto. 

Porque después de este tiempito de felicidad desbordante y colocón permanente, generalmente viene la realidad y pasan muchas cosas: que nos definimos como amantes clandestinos, novios o novias oficiales, rolletes de primavera, amiguitos. A veces no nos gusta la posición en la que nos han colocado o el modelo que hemos elegido para construir la relación. Suele pasar que baja la intensidad, nos tranquilizamos un poquito, reanudamos nuestras rutinas, nos vamos conociendo mejor y ya no nos gustamos tanto. A veces pasa que uno quiere compromiso formal y el otro no, que uno se está enamorando demasiado y el otro demasiado poco, que no tenemos nada que ver, que no hay compatibilidad, que no hay tiempo para el amor, que no hay ganas de profundizar, que no hay ganas de ir a ninguna parte, que hay demasiados miedos o demasiados obstáculos para disfrutar del amor, o que la otra persona no tiene las cualidades que buscábamos en la pareja ideal. 

Entonces lo realmente extraño es cuando no hay ningún "pero". Cuando a ninguno de los dos se nos pasa. Cuando no hay problemas y sigue sin haberlos. Cuando no ha habido ninguna señal que nos haga ver que estamos aterrizando en la realidad, que el cuento se terminó, que ya no hay más droga gratis. Cuando podemos seguir la fiesta del enamoramiento sin muros, sin obstáculos, sin peros, sin que nadie ni nada nos lo impida. Cuando la cosa en vez de disminuir se hace más grande, cuando ambos permanecemos desnudos y con el corazón abierto, cuando nuestra vida sigue inundada de risas, de sonrisas, de caricias, de juegos, de conversaciones profundas, de abrazos, de sesiones increíbles de sexo... cuando todo esto nos pasa, no queda otra que disfrutar intensamente, zambullirse en la historia, sentir el placer de poder amar sin prohibiciones, sin obstáculos, sin tener que dismular o reprimirse. Sentir el placer de ser amada. Sentir una intensa alegría de vivir sin miedo a que se acabe. 

No todo el mundo lo logra: no es fácil disfrutar del amor. Y no todo el mundo sabe qué hacer cuando se presenta la felicidad así como así, sin avisar. Pienso, por ejemplo, en esas parejas que se quieren mucho y para no aburrirse, se inventan problemas, se pelean, batallan y se reconcilian. Creen que el amor es una guerra y que cuanto más dolor sientan, más pasión desbordan.

Definitivamente, disfrutar del amor es un arte y requiere entrenamiento para poder vivirlo sin boicotear la relación y sin boicotearse a sí misma. Necesitamos herramientas para poder ser felices sin más, para poder disfrutar del presente, para nutrir la llama del amor, para construirlo día a día, para compartir la alegría y el amor el tiempo que dure. El tiempo que nos dure. 


9 de febrero de 2018

Las princesas unidas no necesitan un Príncipe Azul




¿Se imaginan a las princesas unidas luchando por liberarse juntas? La Cenicienta podría dejar de esperar y ponerse manos a la obra para salir de la injusta explotación a la que está sometida por su propia familia. Podría hacer amigas, y construir una red de apoyo mutuo y trabajo en equipo: alquilar una casa con varias habitaciones, buscar un buen trabajo o emprender un negocio con sus compañeras, ponerse a estudiar lo que le apetezca, impulsar mil proyectos con sus amigas, sacarse el permiso de conducir, viajar por el mundo, y dedicarse a hacer las cosas que más le gustan en la vida. ¿Qué pasaría con el príncipe Azul? Que no sería necesario.

6 de febrero de 2018

Curso de Primavera en la Escuela del Amor: ya puedes inscribirte



Duración: 14 semanas
Inicio: 9 de Abril de 2018
Dirigido a: Mujeres, hombres y gente diversa de todas las edades y países.
Precio: 80 euros
El precio del curso incluye:
  • - tres chats en directo con Coral Herrera,
  • - materiales,  ejercicios y una caja de herramientas
  • - acceso a la Biblioteca del Amor, el Blog y el Cine-Fórum



Temas del Curso
1. Autoestima, autoamor, autocrítica amoroso y empoderamiento personal y colectivo.
2. El romanticismo patriarcal: desmitificando el amor.
3. Feminismos y masculinidades, ¿otras relaciones son posibles?
4. Soledades, rupturas, y duelos.
5. Nuestras utopías amorosas: pactos, estrategias y herramientas para sufrir menos, y disfrutar más del amor.  


Objetivos del Curso
En este curso trabajamos la autoestima y el autoamor, el empoderamiento personal y colectivo, la autocrítica amorosa y el auto-reconocimiento. Vamos a desmontar y desmitificar colectivamente el romanticismo patriarcal de nuestra cultura, y de nuestro interior. Vamos a aprender y debatir sobre los feminismos, la identidad femenina, la masculinidad patriarcal, y las relaciones heterosexuales en la era posmoderna de los amores líquidos. Vamos a hablar de nuestras soledades, de nuestros duelos y nuestras rupturas. Vamos a terminar imaginando otras formas de querernos, estableciendo pactos con nosotras mismas y con las compañeras, trabajando en todo aquello que queremos eliminar, añadir o transformar de nuestras vidas. Diseñaremos nuestra propia utopía amorosa colectivamente, y compartiremos herramientas para gestionar nuestras emociones, para llevar la teoría a la práctica, y para sufrir menos, y disfrutar más del amor. 
El trabajo se divide en cinco módulos que duran dos semanas, en cada uno de ellos haremos ejercicios para trabajar individual y colectivamente. Además, dispondremos de materiales, un foro de acompañamiento y una caja de herramientas colectiva para trabajar durante todo el cuatrimestre juntas. 
Vente con nosotras a trabajarte el amor, ¡en compañía se desaprende mejor!








Preguntas Frecuentes

 ¿Puedo apuntarme desde cualquier país?, ¿cómo funciona la plataforma?, ¿es fácil navegar por la Escuela?, ¿puedo utilizar el nombre que yo quiera para abrir mi perfil?, ¿todos los contenidos son privados?, ¿cuanto cuestan los cursos y el Laboratorio?, ¿cuando puedo apuntarme?, ¿hay horarios para trabajar?, ¿cuantas horas semanales requiere la participación en un curso o en un taller?, ¿cuál es la diferencia entre el Laboratorio y la Escuela?, ¿cómo puedo pagar por Internet?, ¿cómo es el proceso de inscripción?.... 
Puedes encontrar todas las respuestas a tus preguntas en la página de Preguntas Frecuentes. 




Visita la web de la Escuela del Amor: 


4 de febrero de 2018

Cuando no te aman como tú quieres

Holy night, de Fran Rodriguez



Una de las cosas que más nos hacen sufrir en el mundo es no ser correspondidas cuando nos enamoramos de alguien. Yo desde el romanticismo práctico lo veo claro: si no hay reciprocidad, lo mejor es dejar la relación. Es muy duro estar con alguien que no te ama con la misma intensidad, el mismo ritmo, la misma entrega con la que tu amas, y el sufrimiento romántico pasa factura: tienes que gastar mucha energía para que tu autoestima no baje a niveles espantosos, pasas muy malos ratos, tienes que luchar mucho contra los miedos y los celos, tu salud emocional, mental y física se va deteriorando a medida que pasa el tiempo, y todo va siempre a peor, dentro de ti y con tu pareja.

Así que si no te sientes querida, a otra cosa, mariposa. Lo mejor es ahorrarse esos malos ratos, esos llantos, esos dolores, y no meterte en una relación que no va a funcionar. O salirte de ella en cuanto notes el desequilibrio, o cuando percibas que no tenéis las mismas apetencias, las mismas ganas, la misma ilusión, las mismas formas de entender el amor y la pareja.

Esto así planteado suena muy sensato, y muy simple: si no hay reciprocidad, mejor no profundizar en la relación y terminarla con cariño, sin dramas, al estilo práctico. Pero en realidad no es tan sencillo como planteo por dos razones: el tema del auto-engaño (o bien nos autoengañamos con respecto a la reciprocidad y nos sentimos queridas aunque no sea verdad, o bien nos autoengañamos pensando que en algún momento se producirá el milagro y caerá a nuestros pies, rendido de amor), y en segundo lugar, el patriarcado, que no nos deja disfrutar del amor. 

En las parejas heteras los hombres y las mujeres tenemos diferentes formas de vivir el amor, de pensarlo, de imaginarlo, y expresamos nuestros sentimientos de manera diferente. Es casi imposible amarnos en libertad y en igualdad de condiciones porque hemos aprendido cosas diferentes y sentimos diferente el amor. Nos educan de forma diferente para que nos creamos que somos diferentes.

Por eso a veces sucede que nos aman, pero no como quisiéramos. No como imaginamos, no como soñamos, no como nos lo cuentan en las películas y en las novelas. El patriarcado educa a las mujeres para que pongamos al amor en el centro de nuestras vidas, y a los hombres los enseña a colocar el amor al mismo nivel que el trabajo, el éxito en los negocios, las relaciones con sus grupos de amigos y con su familia, el deporte, y sus pasiones personales. Por eso nosotras mendigamos o exigimos amor, somos las demandantes de amor, y ellos son los que dan amor, pero evitando los excesos.

A nosotras el patriarcado nos quiere necesitadas de amor e hipersensibles, a ellos los mutila emocionalmente para que aprendan a sobrevivir en un mundo tan violento y competitivo. A nosotras el patriarcado nos engaña con la idea de que el amor nos va a salvar y nos va a hacer felices, a ellos los seduce con la promesa de que si son amados tendrán sexo, cuidados y compañía estable.

Ellos aprenden pronto que la monogamia es obligatoria para nosotras, pero no para ellos. Ellos separan el sexo del amor, y pueden tener todas las relaciones que quieran porque se sienten seres libres. Ellos defienden con uñas y dientes su autonomía, nosotras le damos nuestro poder al primero que se nos acerque. Renunciamos fácilmente a nuestra libertad porque nos han hecho creer que es una prueba de amor, a ellos les enseñaron a no renunciar a nada.

La libertad es cosa de hombres, el sacrificio, la abnegación, la entrega son cosas de mujeres. Creemos que para amar hay que sufrir, así que asumimos como algo natural estar jodidas e infelices en nuestras relaciones. Ellos en cambio para formar pareja quieren mujeres que no les den problemas, que no les monten escenas, que no les coarten su libertad, que no los acosen con reproches, llantos y chantajes.

En la tradición patriarcal, hombres y mujeres tienen necesidades diferentes. Ellos necesitan sumisas que no protesten, que asuman su sufrimiento como algo natural, que respeten sus tiempos y espacios, que respeten su libertad, y que esperen a que ellos vuelvan. Nosotras necesitamos sentirnos especiales, necesitamos sentirnos importantes, necesitamos sentirnos imprescindibles, necesitamos sentirnos amadas y protegidas. Damos sexo para conseguir amor, y nos cuesta desvincular sexo y romanticismo porque no nos han enseñado a disfrutar del sexo como un fin sino como un medio.

Muchas mujeres aspiramos a ser las compañeras, pero ellos no nos ven jamás como a iguales. Somos "las otras", somos las enemigas, las locas, las incomprensibles, las irracionales, las caprichosas, las salvajes, las insaciables, las que chupamos la sangre de los hombres y les destrozamos el corazón con una estaca.

El amor invisibiliza la desigualdad económica entre hombres y mujeres, pero la realidad es que para muchas mujeres en el mundo la única posibilidad de sobrevivir y tener algunos derechos es casarse con un hombre. Todas las princesas salen de la pobreza, la explotación o la vida aburrida gracias al amor. Así que nuestras relaciones no son desinteresadas: ellos acumulan poder y recursos, y nosotras accedemos a ellos por herencia o matrimonio.

A ellos les enseñan a defenderse del amor desde muy pequeños: creen que el amor les resta poder, les vuelve unos inútiles, les nubla en entendimiento y les somete a las mujeres.
El amor es una guerra, y ellos no quieren ser los perdedores. Nosotras tampoco, claro. Por eso tenemos nuestras estrategias para intentar ganar, pero nos frustramos mucho porque el otro no encaja en nuestro ideal de Príncipe Azul, y la relación no es jamás como la soñamos. Intentamos con todas nuestras fuerzas que la realidad y el chico se adapten a nuestra fantasía del amor total y para siempre, pero la resistencia masculina es bien intensa. Tenemos tres opciones: ser realistas y pactar con el otro el tipo de pareja que queremos, vivir en guerra permanente, o resignarnos a estas relaciones desiguales aunque lo pasemos mal.

Las mujeres perdemos demasiado tiempo y demasiadas energías en buscar el amor, y cuando lo encontramos, seguimos despilfarrando tratando de imponer a la pareja nuestro modelo mitificado de amor romántico. Hay mucho Ego ahí en esas luchas, pero nos cuesta verlo porque nos ampara la idea de que "lo único que queremos es amar y que nos amen". Y no, el amor no lo es todo. También está el poder, la necesidad, el egoísmo, el miedo, el Ego, y siempre ahí el patriarcado, atravesando nuestras emociones.

Nos frustra mucho comprobar que nuestras relaciones no son como las de las películas, en las que ellos acaban de rodillas pidiendo matrimonio. Pero es que precisamente lo que no quieren ellos es ponerse de rodillas, prefieren que sea la mujer la que lo haga, ya que ese ha sido su sitio durante siglos.

En realidad perdemos el tiempo tratando de que nos amen tal y como queremos ser amadas. Porque nuestros tenemos demasiado mitificado el amor, y nuestros deseos románticos no encajan con la forma en que los hombres educados en el patriarcado aman. No nos damos cuenta de que nosotras también estamos tratando de dominar al otro cuando queremos ocupar el centro de la vida del otro, e imponerle nuestro modelo ideal de amor.

Y guerreamos porque el otro generalmente no está dispuesto a ceder el poder. No hay mayor terror para un hombre que ser un "calzonazos", un hombre débil dominado por una mujer, por eso se resisten tanto al amor, por eso se defienden e imponen su ritmo, su grado de compromiso, su nivel de intensidad, y sus apetencias con respecto al modelo de pareja que les resulta más cómodo.

Y claro, en esta guerra de poder que vivimos al juntarnos, es imposible disfrutar del amor. 

Nosotras queremos comunicarnos y hablar todo el tiempo de cómo nos sentimos y en qué punto está la relación. Los hombres en cambio no están acostumbrados a hablar de una forma tan íntima y profunda sobre sus emociones, sus miedos, sus traumas, sus fantasías. Para muchos es imposible, y para una gran mayoría es difícil: se han pasado toda la infancia reprimiendo sus emociones para no mostrar su vulnerabilidad, y para parecer tipos duros que ni sienten, ni padecen. Han tenido que ocultar, disimular, contener lágrimas, gritos, y emociones muy intensas que no podían gestionar, así que es bien complicado luego estar en pareja, desnudarse y abrirse para compartir las profundidades de nuestro yo.

El patriarcado los hace a ellos simples, y a nosotras complicadas. Ellos quieren estar bien y que no haya problemas, nosotras queremos vivir el drama romántico y disfrutarlo hasta sus últimas consecuencias. Ellos quieren estar tranquilos, nosotras queremos seguir alimentando el amor y la pasión, y profundizar para llegar al éxtasis total.

Ellos ya saben que son amados, nosotras necesitamos constantemente el certificado que nos asegure que nos aman y nos son fieles. Ellos están acostumbrados a dominar, nosotras estamos acostumbradas a someternos, y en el amor lo hacemos voluntariamente, sin que nadie nos obligue.

A grandes rasgos, así funciona el romanticismo patriarcal, de manera que incluso cuando los hombres se enamoran locamente de nosotras, hay luchas de poder, hay miedos, hay problemas de comunicación, hay diferencias en cuanto al grado de compromiso que cada uno tiene, hay diferencias en cuanto a lo que cada cual entiende por "amor" y por "pareja". Y hay mucho patriarcado en nuestros deseos de vivir la relación de acuerdo a los mitos que interiorizamos con todas las historias románticas que nos tragamos.

Hay parejas que van trabajando sus patriarcados, que están hablando acerca de estas diferencias en nuestras formas de amarnos, que están analizando la estructura con la que nos relacionamos para intentar trascender del modelo dominación/sumisión al modelo igualitario. Pero la mayoría de las parejas optan por guerrear, o someterse, o alternar ambas posiciones.

Llegar a construir una relación de amor compañero requiere profundizar en nuestra identidad de género, analizar cómo nos sometemos y desobedecemos a los mandatos del patriarcado, cómo nos oprimen y como oprimimos, qué roles adopta cada uno, cómo afectan nuestros privilegios a la otra persona, cómo usamos nuestro poder en las relaciones con los demás.

Transformar nuestras emociones y nuestra forma de relacionarnos requiere de una gran capacidad de análisis y de autocrítica, y no todo el mundo está dispuesto a revolucionar su vida personal porque es doloroso, y porque implica mucho trabajo. La gente prefiere adaptarse al terreno de lo conocido: tú arreglas el coche, yo cambio pañales. Tú me esperas en casa, yo me voy de fiesta. Tú me cuidas y yo te protejo.

Así que para terminar esta reflexión, que no te amen se parece mucho a que te correspondan pero no de la manera en que tú desearías. Porque estas diferencias entre hombres y mujeres nos generan mucho sufrimiento. Y es que no basta con enamorarse: para construir una pareja tienen que darse las condiciones para poder que ambos puedan disfrutar del amor. 

El amor no es suficiente para construir una relación sana, alegre, igualitaria, y placentera . No basta con quererse mucho, hay que quererse bien. Para querernos bien hay liberar al amor del patriarcado, y liberarnos por dentro también. Hay que portarse bien, y tratar bien a todos los compañeros y compañeras sexuales y románticas que tengamos. Para querernos bien hay que ser generosos y desinteresados, hay que ser solidarios, hay que saber comunicarse y negociar para llegar a pactos que nos hagan sentir bien a todos.

Para querernos bien hay que amar desnudos, sin corazas, sin máscaras, sin escudos, sin armas, sin muros, sin miedos, sin peros, sin egoísmos, sin luchas de poder, sin violencia. Para querernos bien necesitamos crear una atmósfera de confianza basada en la honestidad, la sinceridad y el cariño hacia nosotras mismas y hacia nuestra pareja, incluso al final de la relación, sobre todo al final de la relación, que es cuando sale lo peor de nosotros.

Para poder querernos bien tenemos que sentirnos libres, sentirnos libres sobre todo de la necesidad de ser amadas o de tener pareja. Sentirnos libres para amar sin dominar ni someternos, para expresar nuestras emociones, para dar y recibir, para poder ser como somos siempre. Sentirnos libres para quedarnos y para irnos, para juntarnos y separarnos. Sentirnos libres e iguales para construir una relación bonita en la que podamos disfrutar, todos y todas.

Y para poder sentirnos libres, hay que acabar con el patriarcado, el individual y el colectivo, y hacer la revolución feminista del amor, del sexo, de los afectos y de los cuidados. En ello estamos ya unas cuantas, ¡seguimos!

Coral Herrera Gómez


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