31 de julio de 2010

EL MITO DE DON JUAN


“No, el amor que hoy se atesora

en mi corazón mortal

no es un amor terrenal

como el que sentí hasta ahora;

no es esa chispa fugaz

que cualquier ráfaga apaga;

es incendio que se traga

cuanto ve, inmenso, voraz”.






Me decía un alumno en un trabajo que a todos los hombres, en el fondo, les encantaría ser un poco Don Juan, quizás porque su idea sobre el mito masculino remite a la imagen de un hombre hedonista que gozaba como un loco de todas las mujeres que deseaba. Sin embargo, hay estudios que lo describen como un individuo permanentemente insatisfecho, y poseído por los miedos. Un hombre cobarde, mentiroso, tramposo y obsesionado por la cantidad de trofeos femeninos que podía lograr.


El mito de Don Juan es internacional pero nació en la cultura española; hoy podemos ver en todas las películas de habla anglosajona reproducciones de este macho insaciable o al menos, restos de esas ansias de promiscuidad y apetito sexual desatado. El mito ha pasado a insertarse en el imaginario colectivo como una actitud chulesca y desafiante ante la vida y las mujeres, demostración de la superioridad masculina y de la fuerza de su libre albedrío, connatural al macho humano.


Elena Soriano piensa que Don Juan representa en nuestra cultura al macho por antonomasia, con todas sus facetas, tanto negativas como positivas: “es el símbolo del instinto animal, la libido humana, la belleza, el sex appeal, el deseo, el amor, la rebeldía, el pecado, el castigo, el ansia de lo absoluto, el idealismo, el sentido fáustico, la pasión del conocimiento, la aspiración al absoluto, la angustia existencial, la fuerza del destino, en fin, Eros y Tánatos, los dioses griegos de la vida y la muerte” (Elena Soriano, 2000).








Dado que Don Juan es el prototipo de hombre al que le gustan todas las mujeres, y cuya identidad se construye a base de conquistas y abandonos, Rosa Pereda define el donjuanismo como una conducta cazadora, expoliadora, característica del varón cuya meta en la vida consiste en acumular conquistas femeninas. Según sus múltiples versiones, a Don Juan no le atraen las mujeres deshonestas, las rameras, las de fama galante y licenciosa, y de ningún modo las prostitutas (es incapaz de pagar su placer). A él le gustan las doncellas virginales, las casadas o prometidas honestas, las novicias de convento, en fin, las únicas que pueden darle ocasión de burlar el honor de los hombres que las custodian:


En cada caso es más importante que el botín mismo, el nombre del hurtado, del despojado: el marido a quien ha burlado y son centenares, el prometido que llevará al altar a una mujer tocada, cuando no remendada por las artes de Celestina, y el padre, que guarda la castidad de la niña porque en ella está su respetabilidad. Don Juan no desea placer, para él es una cuestión de carácter metafísico, una lucha y una demostración” (Rosa Pereda, 2001).




El nacimiento del personaje con nombre y apellidos definitivos se debe al fraile mercedario Gabriel Téllez, más conocido como Tirso de Molina, que esbozó el tipo en su comedia El rey don Pedro en Madrid, y lo perfiló más en otra titulada ¿Tan largo me lo fiáis?. Según Soriano, su versión es la primera que define por completo con eficacia dramática la doble personalidad de su protagonista, Don Juan Tenorio, joven sevillano, apuesto, rico, valeroso, fanfarrón. Don Juan cumple su función arquetípica mediante embustes, disfraces, suplantación de personas y promesas de matrimonio para seducir a cuatro mujeres representativas de las diferentes clases sociales: la pescadora Tisbea, la labradora Aminta, la duquesa Isabela y doña Ana. Aunque el drama de Tirso no tuvo gran difusión teatral en España, el caso del Burlador se puso de moda y los plagios, imitaciones y recreaciones de su Don Juan Tenorio se multiplicaron en Europa.






Elena Soriano cree que el cambio trascendental del carácter de Don Juan se debe a Molière, que es el primero en intelectualizar el personaje y que, según los historiadores del mito, tuvo escaso éxito al estrenar en 1665 Don Juan ou le festin de Pierre, en París. La obra estuvo en cartel tan sólo quince días debido al escándalo y por la campaña que se desató en su contra. Molière presenta al protagonista como ateo y suicida que lleva a cabo una sarcástica defensa del libertinaje y la hipocresía de la sociedad francesa de entonces: “Este Don Juan aristócrata que, para satisfacer un capricho, rapta a una novicia de su convento y no duda en casarse con ella para abandonarla en seguida, demuestra cultura, elegancia, talento, capacidad razonadora y otras dotes intelectuales insólitas, en sus antecesores, y las aplica a defender su libertad de amar, de pensar y de obrar, y rechazar el falso honor de la fidelidad argumentando que: “la constancia es ridícula”, que “todo el placer del amor está en el cambio”, “toda mujer tiene derecho a ser amada” (Soriano, 2000).




El Don Juan de Molière no representa al pecador, sino al rebelde social; es el “héroe negativo”, en su historia el primero absolutamente ateo, pero humanista, es decir, representante perfecto del librepensador de la sociedad francesa del siglo XVII. Para Elena Soriano, esta racionalización del mito y su desvinculación religiosa son decisivas en su evolución: don Juan no es castigado por sus fechorías eróticas, sino por su talante librepensador. El caso es que, si Molière tuvo una intención satírica contra la conducta de la aristocracia francesa, paradójicamente su obra ha quedado para la crítica moderna como una apología de la “libertad de amar”.


Don Juan tuvo su primera idealización en Alemania y en el siglo XVIII, casi ciento cincuenta años después de su nacimiento, con la ópera de Mozart, Don Giovanni, que le dio el máximo prestigio mundial. En ella, Don Juan vuelve a ser el jovenzuelo inconsciente e instintivo que actúa como una fuerza elemental de la naturaleza. Según Macchia, Mozart consigue que su Don Juan no sea jamás odioso ni abyecto, y que fascine a todo el mundo.







A finales del XIX se escribe la recreación española del Burlador más estimada y conocida popularmente; el Don Juan Tenorio de José Zorrilla, subtitulado Drama fantástico religioso, escrito en verso y estrenado en Madrid en 1844. Está considerado el más Don Juan de todos los don juanes, y el más humano. Si los autores extranjeros, con Molière a la cabeza, intelectualizan el mito, es el español Zorrilla es quien lo sentimentaliza, es decir, lo convierte en la expresión del “triunfo del amor” y por ello es el más conocido y admirado por el público medio:


Entre unos y otros, el rudo modelo primitivo se convierte en un soñador, un filósofo, un poeta, un sentimental, un aspirante al amor único y eterno, con lo que adquiere un enorme prestigio erótico. El don Juan de Zorrilla es, como sus antepasados, fanfarrón, embustero, pendenciero, insolente, pero también gracioso, tierno, apasionado, y sobre todo, el único don Juan que es capaz de amar” (Soriano, 2000).






La salvación del personaje pecador viene por el amor que nace en Don Juan por doña Inés. Dios le perdona porque ha logrado amar y sufrir, y porque se ha arrepentido del mal que ha hecho destrozando corazones a diestro y siniestro con discursos amorosos falsos de carácter romántico. La mujer que logra domesticarlo a través del amor es Doña Inés, la elegida para el trono junto al rey de la virilidad, el hombre que no se dejaba atrapar, el galán que huia de todas, despreciándolas.


Entre los muchos sucesores de Don Juan –más bien copias o meros homónimos del primigenio- Soriano señala el Don Juan de los años sesenta: James Bond, creado por Ian Fleming, que compartía con Don Juan su necesidad de promiscuidad sexual, la voluntad de poder, y la licencia para matar.




James Bond intentó ser el aglutinante de la manera de pensar de la sociedad burguesa occidental en la nueva era atómica, a la vez cientifista y tecnócrata, violenta y utilitaria, pornográfica y antisentimental, materialista y exaltada ante la perspectiva de emociones ilimitada, y sobre todo, sometida a una tremenda tensión por sistemas políticos antagónicos, el comunismo y el capitalismo, que en “guerra fría” se disputaban el dominio del mundo”.


Las chicas de James Bond son mujeres fatales explosivas que caen en sus brazos sin que él se moleste en cortejarlas con discursos líricos prometiendo amor eterno ni matrimonio, como hacía don Juan. Bond, igual que su antecesor, tiene buen cuidado de no enamorarse, y “en el mejor de los casos, no vuelve a estar más de dos o tres veces con la mujer conquistada” para no enajenar su voluntad ni malgastar su precioso tiempo ni caer en peligrosas trampas, pues sus misiones secretas tienen mayor importancia que todos los encantos femeninos juntos.


El comportamiento promiscuo y donjuanesco pudo constituirse en mito precisamente por la condición sagrada e idealizada del personaje. Son muchos los hombres que simulan una pulsión vital donjuanesca para reafirmar su virilidad y para sentirse una especie de héroe maldito, de superhombre dotado que consigue lo que los demás no tienen: que las mujeres caigan a sus pies. Ser el centro de los cuidados y la atención femeninos ha sido siempre una necesidad masculina que en este mito se exacerba pero se disimula, porque Don Juan desprecia a las mujeres que conquista. Lo único que necesita es saberse deseado por mujeres, pero huye de la intimidad con ellas, del compromiso emocional.








Desde mi punto de vista el auténtico placer de este macho ibérico no es tanto la acumulación de féminas sino la transgresión de las normas sociales, la burla de las instituciones patriarcales. Actúa como un chavalote gamberro que va desflorando tesoros con la misma alegría con la que comete otras fechorías. Y es que parece que más que el acto sexual, a Don Juan lo que le gusta es burlarse de los padres, los maridos, los hermanos y los guardianes de la virginidad de las mujeres, que acabarán siendo entregadas a un hombre rico en un matrimonio de conveniencia.


El subidón de adrenalina no lo tiene en la alcoba de la mujer deseada, sino saltando la tapia del patio prohibido dada la posibilidad de que le pillen in fraganti. Así, Don Juan es una creación literaria que ha querido poner de manifiesto la hipocresía de la sociedad patriarcal porque pretende hacernos creer que las mujeres son burladas, que no poseen deseo sexual, sino, únicamente, sentido del honor. Sin embargo, la realidad es que las mujeres de don Juan quieren vivir la vida tan intensamente como él, y gozar de lo prohibido de igual modo. Por eso escuchan a las alcahuetas y celestinas que desean concertarlas citas con pretendientes jóvenes, por eso luego les piden que les reparen los virgos, por eso los padres las vigilan con ansiedad.





La inicial resistencia femenina no es más que una fórmula tradicional de cortejo, como sucedía con todas las jóvenes en esa época. A nivel social se presupone que la gran desgracia es su perdida del honor, pero realmente, lo que sucede es que las mujeres se convierten en seres libres que quieren gozar. Pese a ello, don Juan no quiere repetir, porque se le acaba el deseo con la culminación de la conquista, porque no disfruta de las mujeres, sino del acto transgresor. Ellas, en cambio, piden más goce, y él huye temiendo no poder dar a una sola mujer todo el placer que demanda.


En realidad, la historia de Don Juan es la de un adolescente inseguro en una perpetua huida hacia delante, una evasión continua de cualquier tipo de compromiso o contrato que aniquile su independencia, su autonomía y su voluntad. Don Juan es un personaje egoísta, miedoso e inmaduro; su autoestima sólo se eleva cuando aumenta la cifra de mujeres burladas. Porque sólo entonces se siente un héroe activo, que supera obstáculos (virginidades, vigilancias parentales, muros y resistencias morales o religiosas) gracias a sus dotes de seducción.


Don Juan necesita sentirse siempre deseado por todas las mujeres, porque lo que más le preocupa es “el qué dirán”, su prestigio social como semental irresistible. Conquistando mujeres, Don Juan reafirma su identidad, su virilidad y, sobre todo, su poder, basado en su patrimonio sexual y amoroso. Don Juan desea suscitar envidia en los demás machos y quiere, en parte, marcharse de la vida de las mujeres mancilladas para permanecer en sus corazones como el hombre ideal, el amor inalcanzable, la espinita clavada, el deseo no satisfecho.


Soriano afirma que las mujeres que atraen a Don Juan carecen de cualidades propias de los hombres, es decir, artísticas, literarias, científicas, políticas, intelectuales… todas son tan ignorantes y tontorronas como virtuosas, y su única función en la vida es defender a ultranza su virtud, sea real o fingida: “Dado que antaño la máxima aspiración y única perspectiva existencial de toda mujer soltera era conseguir marido, se explica que cuando esta aspiración era burlada se convirtiera en pertinaz perseguidora de don Juan y no porque lo amara apasionadamente, sino haciendo un esfuerzo desesperado por obtener la convencional reparación de la honra familiar, incluso llevando el caso ante el mismo rey”.


Ortega y Gasset (1941) afirma que Don Juan no es el hombre que hace el amor a las mueres, sino el varón a quien las mujeres hacen el amor. También, basándose en el donjuanismo como actitud ante la vida, cree que los hombres pueden dividirse en tres clases: los que creen ser Don Juanes, los que creen haberlo sido y los que creen haberlo podido ser, pero no quisieron.


Si Don Juan atrae a las mujeres es porque se lo trabaja, es decir, emplea sus dotes seductoras a través de la poesía. En esa situación en el que las palabras, con su belleza e intensidad, embaucan a las que las oyen, el deber de las mujeres es resistir (como Ulises de las Sirenas), pero lo prohibido es precisamente lo que desata el deseo en todas ellas.






Él se va, y ellas se enamoran precisamente porque se va, y su persona queda mitificada por la distancia y la imposibilidad de satisfacer el deseo. Don Juan es, pues, deseable, porque es efímero, porque no es marido, sino amante fugaz. El Don Juan que finalmente se enamora es el mito más dañino para el imaginario femenino, porque fantasea con la posibilidad de la rendición final del cazador, que se convierte en el cazador cazado. Es decir, anima a las mujeres a enamorarse de hombres inmaduros cuya posesión es difícil o imposible. Pero muchas se atreven porque constituye un desafío, y porque su objetivo es ambicioso: lograr poner a sus pies lo que ninguna otra hembra ha conseguido. Así, ellas se sienten especiales cuando logran que el eterno vividor asiente la cabeza junto a ellas; el mérito es mucho mayor si es más difícil conseguirlo.

¿Y quién consigue ocupar el corazón del chavalito miedoso?. La mujer más inocente, más dulce y más virginal de todas, aquella capaz de amarle con devoción, incondicionalmente. Su imagen está representada en Doña Inés, una monja que logra salvar al pecador a través del amor.


La necesidad de publicidad que posee a don Juan ha sido señalada por diversos autores como un síntoma de soberbia, de vanidad machista, de orgullo fálico, más que como un pecado de lujuria incontenible. De hecho existen teorías que incluso cuestionan la potencia sexual de Don Juan, o que creen que su necesidad de demostrarse viril es para ocultar y reprimir su homosexualidad.


La teoría más importante en torno a esta cuestión fue formulada por Gregorio Marañón en su tesis doctoral publicada en 1940. En “Don Juan. Ensayo sobre el origen de su leyenda”, el doctor Marañón afirma que la belleza física de Don Juan dota al personaje de una indecisa virilidad, porque no lo ve como un ser rudo y tosco, sino más bien poseedor de una belleza delicada y unos gestos femeninos que lo van a convertir en una persona de carácter ambigüo. Según Jorge Luis Mora López (1980), Marañón no admite abiertamente el carácter homosexual de Don Juan, pero sí deja entrever la posibilidad de que padezca una desviación sexual. 


Tanto Marañón como Ramón Pérez de Ayala han hablado también de la presunta esterilidad de Don Juan, el incansable conquistador de mujeres. Pérez de Ayala pretende atribuir dicha esterilidad a su escasa virilidad: “Don Juan –enorme paradoja- el garañón estéril. No se sabe que Don Juan haya tenido hijos.” Gregorio Marañón también insistirá en la ausencia de hijos de un hombre que supuestamente va derrochando su semilla por doquier, y no lo retrata como un hombre feliz, sino como un joven inseguro y eternamente insatisfecho que necesita demostrar que es el mejor y el más varonil.


Releyendo una vez más la obra, vuelvo a reírme con el fragmento más famoso de Don Juan, el monólogo en el que él trata de vencer las resistencias de Doña Inés con un discurso que, sea o no falso, se merece un aplauso por lo cursi y lo currado que está:


¡Cálmate, pues, vida mía!


Reposa aquí, y un momento

olvida de tu convento

la triste cárcel sombría.



¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más pura la luna brilla

y se respira mejor?



Esta aura que vaga llena

de los sencillos olores

de las campesinas flores

que brota esa orilla amena;

esa agua limpia y serena

que atraviesa sin temor

la barca del pescador

que espera cantando al día,

¿no es cierto, paloma mía,

que están respirando amor?



Esa armonía que el viento

recoge entre esos millares

de floridos olivares,

que agita con manso aliento;

ese dulcísimo acento

con que trina el ruiseñor

de sus copas morador

llamando al cercano día,

¿no es verdad, gacela mía,

que están respirando amor?



Y estas palabras que están

filtrando insensiblemente

tu corazón ya pendiente

de los labios de don Juan,

y cuyas ideas van

inflamando en su interior

un fuego germinador

no encendido todavía,

¿no es verdad, estrella mía,

que están respirando amor?



Y esas dos líquidas perlas

que se desprenden tranquilas

de tus radiantes pupilas

convidándome a beberlas,

evaporarse, a no verlas,

de sí mismas al calor;

y ese encendido color

que en tu semblante no había,

¿no es verdad, hermosa mía,

que están respirando amor?



¡Oh! Sí, bellísima Inés

espejo y luz de mis ojos;

escucharme sin enojos,

como lo haces, amor es:

mira aquí a tus plantas, pues,

todo el altivo rigor

de este corazón traidor

que rendirse no creía,

adorando, vida mía,

la esclavitud de tu amor.









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26 de julio de 2010

Dirty Dancing: análisis crítico de los mitos románticos y los estereotipos de género



Dirty Dancing es una de las películas que más veces he visto en mi vida y además fue la película con la que aprendí a amar románticamente. Estábamos en 7º de la EGB así que teníamos unos 12 años y entre unos cuantos preparamos bailes para la fiesta de fin de curso. Uno de ellos fue el tema The time of my life, que nos encantaba. Nos pasamos meses ensayando y viendo la peli, y aunque yo era la sustituta de la bailarina principal (que era Elvira, una de mis mejores amigas) me aprendí el baile de pe a pa y me enamoré locamente del chico. El chico aparte de hacerme rabiar en los ensayos, meterme mano y reírse de mí (recuerden que cuando las niñas empiezan con el sexo y el amor los niños siguen siendo niños tres años más) me dio mi primer beso, ese que no se olvida jamás en la vida y que supuso para mí un rito de paso que me inoculó un intenso y leal amor duradero que hoy está transformado en hermandad eterna y para siempre. 

Aunque antes ya lo quisiera, la música de la banda sonora de esta película lo convirtió en mi auténtico e inolvidable primer amor; la mitificación peliculera fue fundamental para dejar en mi corazón una huella duradera. Y es que en definitiva, nuestros sentimientos son fabricados en la cultura, se meten en nuestro cuerpo y determinan nuestro deseo.




Hoy quería aprovechar el romanticismo inserto en mis genes culturales y de mi primer amor adolescente para analizar semióticamente la trama del guión, plagada de topicazos sobre lo que se supone que son o deben ser los hombres, las mujeres y las historias románticas.



La trama está ambientada en un resort de principios de los años 60 en los que una familia adinerada pasa sus vacaciones estivales. La película sigue la clásica trama patriarcal de chica- conoce- chico, ambos no pueden estar juntos por los motivos que sean, pero después de mucho esfuerzo logran superar todos los obstáculos y viven felices y comen perdices.
Del mismo modo que en Titanic y tantas otras, planea sobre dos espacios bien diferenciados: el mundo de los ricos y el de los trabajadores del complejo hotelero. Los clientes adinerados simbolizan el mundo de las convenciones hipócritas donde cada uno representa un papel con ayuda de su máscara social y donde la hipocresía atraviesa todas las conversaciones, todas las relaciones entre los hombres poderosos y sus mujeres. A la protagonista, interpretada por Jennifer Grey, le atrae mucho el mundo de los camareros y camareras porque el suyo le resulta superficial y vacío y se aburre (como todas las princesas en su castillo).



En el mundo oscuro, l@s currelas bailan dirty dancing, es decir, bailes eróticos donde dan rienda suelta al deseo y desfogan su cansancio, se distraen y disfrutan del poco tiempo libre que tienen. Nuestra protagonista, que ni siquiera tiene estatus de persona, sino de bebé (su nombre es Francis pero todos la llaman Baby), está impresionada por el ambiente sudoroso, caótico, y salvaje que se respira en el mundo caliente y nocturno. Pero sólo será plenamente aceptada en él cuando demuestra su humanidad y su valentía al ayudar a una bailarina que aborta y necesita que la sustituyan en el baile.



Baby representa el mito del patito feo que se convierte en cisne (es bella por dentro aunque  no lo sepa, y además sufre el rito de paso que le convierte en mujer y en adulta gracias al amor). Ella entrega toda su alma durante unos días ensayando un baile para sustituir a la bailarina, pero es muy torpe y tiene miedo. Él la enseña, como buen hombre que es, a desafiar el miedo, a confiar en sí misma y a divertirse con el reto. El miedo femenino está simbolizado en el salto del baile que nunca logra hacer con la perfección técnica que se requiere. Lo ensaya una y otra vez pero no logra elevarse y mantener el equilibrio de la cima hasta que logra la seguridad y la confianza en sí misma(siempre gracias a él).


 
El "maestro" que le enseña el camino hacia la libertad, la sexualidad, la vida, es Johnny, el maravilloso Patrick Swayze, un hombre que ha vivido mucho, que está de vuelta de todo, que no cree en nada ni en nadie excepto en su propia superviviencia y que permanece blindado emocionalmente para no sufrir en un mundo competitivo y cruel. Aunque es prostituto (vive todo el año de lo que saca currando en verano y ofreciendo sus servicios ocasionalmente a ricachonas cachondas) él representa al Príncipe Azul, porque es un hombre que viene a salvar a la princesa de su tediosa y aburrida vida (una vez más: Blancanieves, Cenicienta, La Bella Durmiente son mujeres que se aburren o que llevan una vida sufridora de la que en lugar de escapar esperan ser rescatadas). Él le enseña a bailar, le descubre su propia fortaleza, le refuerza la autoestima, le hace creer en sí misma y sus capacidades.


Ella es una niña romántica e idealista que representa la inocencia (aquello que hace mucho Johnny perdió) y la pureza, es decir, es una mujer buena (deseable para el matrimonio y la maternidad). Ella le enseña al llanero solitario que la ternura es posible, que se puede confiar en las almas cándidas como la suya, que el amor existe y es desinteresado (ella, rica, lo ama a él, pobre). Ella le enseña el amor verdadero que él siente como imposible. Baby-Francis, con su dulzura y sus acciones heroicas logra ablandar su corazón, derribar su dureza, su armadura defensiva, y le enseña que no todas las instituciones están podridas, porque ella lucha por la justicia. Le demuestra que el sistema funciona aunque esté lleno de mierda, porque los ricos no son todos malos, y ella es el vivo ejemplo porque es íntegra y valiente y su corazón está del lado de los trabajadores y trabajadoras.

'Dirty Dancing'- Hey Baby - Videos Orange
Escena del film de 1987 'Dirty Dancing'.



Francis-Baby es una heroína porque actúa en la trama de manera activa. Es rebelde porque desafía las normas de su mundo al bajar al nivel de la clase trabajadora, y sobre todo cuando la bailarina está desangrándose y se atreve a llamar a su padre, que alucina con las malas compañías de su hija (pero que como es un médico bondadoso, ayuda a la mujer y le salva la vida). El padre, que hasta ese momento había sido el único hombre de la vida de su adorada hija, se enfada muchísimo al sospechar que ha entregado su virginidad a un pobre que, (como todos los pobres que se acercan a herederas), solo la quiere por interés. Él quiere defender a su hija porque sólo él sabe que le conviene; Baby con su inocencia es una niña a la que los hombres quieren por un lado proteger, y por otro, pretenden enseñarle el mundo tal y como es, ponerle los pies en la tierra, y ayudarle a conseguir su autonomía. Su padre y su amante la quieren, ambos son hombres buenos y luchadores. Las malas son la madre, personaje insulso, completamente sumisa al pater, mujer florero ausente de la trama, y Lisa, la hermana, que cumple con el estereotipo de mujer frívola, mentirosa y egocéntrica.


Éste es el vídeo en el que se ve cómo ella rompe con el orden patriarcal, (sabiendo que va a decepcionar a su padre, que desea reservar su pureza para el matrimonio con un hombre rico) cuando decide ofrecer a Johnny su virginidad/inocencia. Es una decisión libre que inconscientemente va contra su padre y a favor de la naturaleza, porque siente deseo y porque se siente dueña de su cuerpo entregándose a él, dejándose guiar en la iniciación al sexo, como hizo en el proceso de aprendizaje del baile.

Él tiene miedo porque se siente inferior a ella; sabe que es más inteligente y sensible, que tiene todo un futuro por delante y que pertenece a una clase social superior. Ella quiere demostrarle que el amor lo puede todo; el modo en como lo convence para que él se atreva es mostrando su vulnerabilidad: "¿A mi? ¡A mi me da miedo todo! Me da miedo lo que vi. Me da miedo lo que hice. Quien soy. Y especialmente tengo miedo de salir de este cuarto y no volver a sentir en toda mi vida lo que siento estando contigo... Vamos a bailar".



Dirty Dancing - Cry to Me
Cargado por ConnyWinter83. - Ver más clips de música, videos en HD!

Cry To Me, de Solomon Burke


Después del dirty dancing, el temazo de Ottis Redding, These arms of mine, con el que se aman una tarde de verano:

 

Y el último vídeo es el del baile final: el padre está cabreadísimo y la hija se siente fatal por haber decepcionado a su hombre perfecto que hasta ahora la había querido incondicionalmente. Además está hecha polvo porque no podrá ver a su amado y el verano ha terminado. Todos se están tragando el tedioso espectáculo de la gala de cierre cuando de pronto aparece el príncipe montado en su moto (caballo blanco) que se planta delante de su princesa y le dice, con voz firme: No permitiré que nadie te acorrale.

Parece así pedir permiso al padre, pero en realidad lo que está exhibiendo es la superación de su complejo de pobre: ha decidido luchar por su amor, defender a su amada de la opresión del pater, hacerla sentir libre a través del amor. Johnny se la lleva y la coloca en el centro del escenario, desalojando al coro y atrayendo todas las miradas a su amada, a la que hace un homenaje delante de todos los empleados y clientela del hotel por su valentía y porque la ama. El beso del baile legitima su mutuo amor y eleva a la prota a la categoría de princesa.


Toda la escena del baile marca el paso de niña a mujer pública, de patito feo a princesa de cuento, y representa la belleza de su alma y la fuerza del amor verdadero entre ellos. También marca la reconciliación entre padre y novio porque éste finalmente cede a su hija, y el final de las tramas de los demás personajes, que bailan felices sin importar su clase social o su rol dentro del hotel. La música y la fiesta diluyen las fronteras, los prejuicios, el clasismo, la hipocresía y todo lo demás; el happy end que nos permite imaginar el futuro de la pareja ideal más allá de los títulos de crédito.










 





 Otros temazos de la Banda Sonora Original:
 
Love Man de Ottis Redding  (baile sensual en la fiesta de l@s trabajador@s

 http://www.youtube.com/watch?v=46F3rJek_WE

Hungry Eyes de Eric Carmen (repaso romántico a los ensayos) 
 http://www.youtube.com/watch?v=WUxxTYFf-6E

Do you love me (The Countours) baile sucio
 http://www.youtube.com/watch?v=x43vK0k6A2I

Lover Boy (Mickey and Silvia)
http://www.youtube.com/watch?v=IaIosGwPzjo

Wipeout
http://www.youtube.com/watch?v=Fyb3b5Hco3E

You dont own me (The Blow Monkeys)
http://www.youtube.com/watch?v=9azSWI_Tv9w

She's like the wind (Patrick Swayze):
 http://www.youtube.com/watch?v=-pNpR6KGLEk

Where Are You Tonight (Tom Johnston) http://www.youtube.com/watch?v=Xmo8IK70pT8

In the Still of the Night, The Five Satins
http://www.youtube.com/watch?v=fBT3oDMCWpI



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19 de julio de 2010

Amor lésbico en "Amar en tiempos revueltos"



Me gusta esta serie de televisión de los años 40-50 porque refleja muy bien los estragos que causaba  la dictadura de Franco en la vida cotidiana de la gente. Sabemos que existió una represion política feroz, pero de lo que menos se habla es del franquismo en la vida cotidiana de las personas, en sus mentes, sus cuerpos, sus afectos, sus emociones.
En "Amar en tiempos revueltos" se visibiliza el miedo de la gente humilde, el machismo de una sociedad desigual y jerárquica, los abusos de poder, la pobreza económica y la miseria mental de un sistema totalizante, cruel, homófobo, represor e injusto. En la serie hay beatas, curas, prostitutas, sanguinarios policías, maquis, rojos en la resistencia y en el exilio, presidiarios, gente humilde y trabajadora, familias adineradas, actrices y escritoras, campesinos que emigran a la ciudad, viajeros y cineastas....creo que constituye un buen relato histórico de la moral nacional-católica, y la represión intelectual, política y social que sufrieron nuestros abuelos y nuestras abuelas.

El otro día estaba cocinando con la tele puesta sin prestar demasiada atención cuando oí decir a un personaje femenino "siempre he estado enamorada de Teresa". Me quedé de piedra. Siempre he sospechado que Ana y Teresa, amigas y cuñadas, tenían una relación especial, pero me parecía que el equipo de redacción no iba a apostar por esa historia. Es más, no sólo se besan en la pantalla, sino que aparecen en la cama después de hacer el amor; yo no daba crédito. Me vino de golpe a la cabeza mi abuela Felisa, que veía la serie cuando comenzó, y lo que hubiera pensado o sentido en ese momento. También en el resto de abuelas de España; y en sus hijas y sus nietas. Y en los abuelos, sus hijos y sus nietos, que puede que alucinaran aún más viendo a dos protagonistas mujeres amándose.

Los dos personajes tienen una fuerza increíble; Teresa porque es una luchadora incansable, una niña de pueblo que se hace mujer en Madrid, que trabaja y mantiene a toda su familia cuando ni su padre ni su hermano tenían trabajo. Es una mujer emprendedora que monta su propio negocio y que no se ajusta al estereotipo de esposa sumisa encerrada en casa. Ana por su parte es una niña de papá que al principio se rebela al orden burgués y patriarcal , y que luego hereda la empresa familiar por lo que acude a reuniones del gremio de empresarios y se mueve con soltura en un mundo de hombres, pese a las dificultades que se le presentan por la misoginia de aquella época.


En la relación entre ambas encontramos una transgresión mútiple, porque destrozan las jerarquías socioeconómicas (una es rica y jefa, la otra es pobre y empleada de la rica) y es un escándalo social porque en ella hay adulterio, incesto y lesbianismo a la vez (Teresa está casada, Ana es viuda del hermano de Teresa).  Así se pone de manifiesto que la heterosexualidad obligatoria es una prisión que encierra a miles de hombres y mujeres, que lo que se sale de la norma franquista sexo=reproducción es considerado inmoral o anormal, y se visibiliza la importancia de las relaciones de mujeres al margen de los hombres, dueños y señores de los corazones y las voluntades femeninas de la época.

El tratamiento de la situación es delicioso, porque los diálogos están llenos de fuerza, de revelaciones recíprocas, de profundidad emocional. Ambas se sinceran, se besan, se dan cariño y viven su pasión, con las contradicciones propias de la época y las internas de cada una. Ana lo tiene claro y se siente feliz como nunca en su vida, y lo dice con valentía: "Te amo, teresa. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida". Teresa con sinceridad le cuenta su confusión, y ambas hacen un repaso de su atracción sexual mutua, de su amistad inquebrantable, de su vida en común. Es una escena bonita porque ambas expresan su sentir desde lo más hondo de su ser, con delicadeza, con ternura, con cariño y plagada de mitos románticos (el amor lo puede todo, eres el amor de mi vida y siempre lo serás...). Esta representación es positiva, creo, porque nos muestra a unos personajes que tras luchar contra sus sentimientos se atreven a vivir su historia, cosa que demuestra que la represion del deseo en nuestro cuerpo y en nuestras emociones no siempre es eficaz ni se graba de manera totalizante en nuestro ser. Afortunadamente, toda represión tiene sus grados de resistencia y de liberación, sea la época que sea.

Bravo por TVE1, que visibiliza la ternura lésbica sin condenarla a la tiranía de los estereotipos, que muestra la normalidad de la homosexualidad en todas las épocas, y que nos regala unos personajes tan complejos y ricos.


Otros artículos de la autora: 


Mujeres que se aman




El Mito de la Heterosexualidad desde una perspectiva queer




15 de julio de 2010

EL DESAMOR





De igual modo que el enamoramiento es un proceso que las personas consideran mágico, misterioso e inexplicable, el desamor es un fenómeno que, en teoría, tampoco podemos controlar. Según las definiciones científicas, es un proceso que implica el cese o disminución de las sensaciones placenteras e intensas junto a la persona amada. El desamor puede desencadenarse en un final abrupto o dilatado en el tiempo, pero en cualquier caso, a menudo nos sentimos impotentes cuando dejamos de amar a alguien o cuando nos dejan de amar. Es fácil reprochar a la pareja una infidelidad, una cadena de mentiras y engaños, su falta de compromiso o su actitud pasiva. Pero no se puede reprochar a nadie que se desenamore o que deje de sentir ilusión, de fantasear, de sentir atracción sexual por nosotr@s.

El desamor es un proceso mágico porque no depende del comportamiento de la pareja, sino más bien de sucesos emocionales que se dan en el interior del amante, y en los que el otro no puede influir. Muchas parejas tratan de salvar su relación cuando ésta se hunde, a veces a la desesperada, porque tener una relación afectiva de cualquier tipo (maternal, amistosa, fraternal, amorosa) implica una gran inversión de tiempo y de energía. Y cuando todo se acaba, la sensación que queda al amante despechado es que no ha "servido" para nada, o que ha estado perdiendo el tiempo.

Una de las razones que esgrime la gente para explicar el desenamoramiento es la pérdida de la pasión. Cuando está en lo más alto, la relación fluye por sí sola, aumenta y se retroalimenta mágicamente. Después, cuando la pasión disminuye, mucha gente trabaja la pasión, es decir, se esfuerza por seguir sorprendiendo a su pareja, por hacerla sentir especial, por encender en ella el deseo a base de detalles, sorpresas, y mucha imaginación.

Sin embargo, no todo es pasión en una relación amorosa. Son mucho@s los que profundizan en su relación cuando ésta acaba, porque en ocasiones el final de la tormenta química da paso a otros factores de unión, como la complicidad, el apego, las ganas de construir juntos. Es decir, desenamoramiento (bajada del colocón) no es lo mismo que desamor, que se refiere a una ruptura emocional, más profunda, una desconexión   o alejamiento a todos los niveles (sexuales, sentimentales, espirituales, intelectuales).

Por eso los motivos del desamor son tan variados y complejos. Uno de los principales sería el factor tiempo: cuantos más años llevan juntas las personas, más se reduce su deseo sexual hacia el otro debido a la habituación y la rutina.

Otros factores de desamor:
-        la falta de comunicación,
-        la falta de sinceridad,
-        las luchas de poder,
-        el egoísmo de uno o ambos miembros,
-        la dependencia emocional de uno de los miembros de la pareja,
-        las expectativas no cumplidas,
-        el deseo de variedad sexual,
-        el adulterio,
-        el deterioro consustancial a la convivencia,
-        la evolución personal de cada miembro de la pareja,
-        la diferencias de intereses y aficiones,
-        la falta de apoyo emocional/personal,
-        la falta de reciprocidad de auto revelaciones,
-        el descuido del atractivo físico,
-        el rencor acumulado de años,
-        los celos continuos,
-        la disminución en la frecuencia de las relaciones sexuales,
-        los problemas sexuales,

Y es que, como hemos visto en los artículos precedentes, el amor romántico ni es perfecto, ni eterno, ni armonioso, debido principalmente a la precariedad del equilibrio emocional humano. Cuando una de las partes está más enamorada que la otra, el déficit emocional puede provocar una ruptura, bien porque nos sentimos “demasiado” amadas, bien porque nos sentimos “poco” amados. Los momentos en que ambos miembros sienten lo mismo en igual grado de intensidad son muy escasos, aunque hay parejas mucho más niveladas que otras que logran largos períodos de estabilidad emocional, psíquica y sentimental.

Otra de las causas del desamor puede estar también en el equilibrio que se establece en la relación dar/recibir. Cuando nos encontramos contentos, optimistas, llenos de energía e ilusión influimos positivamente en el otro, y trabajamos más en las relaciones afectivas, porque sentimos que tenemos mucho que aportar a los demás. En cambio en los períodos en los que alguno de los dos se siente deprimido, triste o iracundo, la pareja recibe menos porque la energía no se multiplica ni se reparte, sino que en ocasiones se autoconsume, como los agujeros negros. Normalmente esta falta de energía, la negatividad, la ausencia de motivación, o la autodestrucción de una persona inciden inevitablemente en el otro. Cuando una persona chupa las energías del otro constantemente, el equilibrio entre dar cariño o placer y recibirlo se quiebra, de modo que la relación puede llegar a convertirse en compartir el infierno de uno, o en depender de la alegría de vivir del otro.

La mitificación del amor es otra de las causas que precipitan el desamor. Los estereotipos románticos están idealizados en nuestra cultura, de modo que muchas veces nos creamos unas expectativas en forma de mitos (el príncipe azul, la princesa rosa, la media naranja, el amor verdadero). Cuando la Realidad se impone, las expectativas se convierten en frustración, porque pasado el estadio del enamoramiento, empezamos a conocer realmente a la persona que tenemos al lado. Nuestro objeto de amor resulta ser como el resto de las personas, con sus defectos y sus virtudes, con sus miedos y sus prejuicios, con sus bondades y con sus inseguridades. Y esta mitificación, entonces, se convierte en decepción; y para muchas personas, en una auténtica frustración, porque no se conforman con lo que hay. O se conforman pero se escapan a relaciones de corte platónico, imposible, idealizantes o de carácter adúltero. O no escapan y se sienten atrapadas con una persona que “no es como creía que era”. Esa resignación y ese desencanto hacen mella en cualquier pareja, hasta el punto de que la gente es capaz de meterse en espirales de reproches mutuos para el resto de su vida, lo que convierte a esta institución en un infierno.


Otro motivo para que surja el desamor es la desigualdad de los miembros de la pareja, basada en la idea de la inferioridad de la mujer y la disimilitud de los roles de género, principalmente en todo lo que concierne a las tareas domésticas; uno de los factores más importantes para el desgaste de la pareja hoy en día, según Hendrick y Hendrick (1992). Es en casa donde se libra la última batalla contra el patriarcado y donde las mujeres se rebelan contra su condición de eterna criada, enfermera, cocinera, limpiadora, educadora, etc. Pocas aguantan ya la sobrecarga de trabajo, la insolidaridad de sus compañeros varones, y su condición de hombres que a veces “echan una mano” pero que jamás limpian un retrete.

Una relación desigual, por definición, va a ser siempre imperfecta, asimétrica, y a menudo problemática, porque los dominados aplican siempre estrategias de defensa y de resistencia. En nuestra sociedad las mujeres son las que más se quejan de estar sobrecargadas de trabajo. Desde el punto de vista del rey de la casa, todo iría perfecto si las mujeres no se cansasen o al menos no protestasen. Ya sabemos que la Falange nos aconsejaba saludar sonriente al maridito a su llegada del trabajo después de pegarte el palizón doméstico, para no perturbarle con nuestro cansancio, mal humor o problemas menores. Pero como sucede que cada vez las mujeres están menos dispuestas a encargarse de las tareas menos gratificantes solas, el hogar se ha convertido en un campo de batalla donde se libra una lucha femenina por la cooperación y el trabajo en equipo de toda la familia.

Lo terrible es que son muchos los hombres que sobreentienden que las mujeres son más hábiles en las artes domésticas y que su lugar natural está en la cocina, junto a la cuna de un bebé o arrodillada con una botella de lejía frente al váter. A menudo, también las mujeres piensan que ellas lo hacen todo mejor y más rápido, como si ser hombre equivaliese a ser torpe, estúpido y holgazán. Son las mujeres que prefieren llevar los mandos de su casa aunque luego se lo echen en cara a sus esposos todos los días; se sienten importantes porque sólo ellas saben dejar las sábanas tan limpias y planchadas, como si Dios nos hubiese dotado de un poder sobrenatural para calmar la fiebre, hacer tortilla de patata o dejar los sanitarios brillantes.


El final de una relación amorosa puede ser vivido como un proceso muy doloroso (incluso generador de suicidio u homicidio) o como una liberación. Yela García diferencia entre las consecuencias negativas de la ruptura para la persona, y las positivas: “En general, las consecuencias negativas suelen incluir un fuerte resentimiento, un descenso en la autoconfianza y en la autoestima, y depresiones. Entre las consecuencias positivas cabe citar la liberación de responsabilidades, el cese de las discusiones, y la sensación de recuperación total de la libertad de decisiones”.

Pese a que toda ruptura o despedida es siempre dolorosa para los seres humanos, hay gente que logra separarse de una manera amistosa, y que además sabe diferenciar entre el amor de pareja que hubo y el cariño que queda. Muchos ex amantes son grandes amigos, y es que a menudo las relaciones amorosas que no contemplan la relación sexual son más transparentes, honestas, tranquilas y sobre todo, libres. Es evidente que si las personas logran romper su relación con sinceridad, asertividad, honestidad y cariño, la ruptura será más fácil, o al menos, más llevadera. Durante algún tiempo los ex enamorados a veces se apoyan emocionalmente el uno al otro, y pueden desahogarse, compartir sentimientos y expresar sus temores.

El desamor puede ser así un proceso más que nos acompaña en nuestro periplo vital; muchas personas ponen su conciencia en el apego que sienten por las cosas y por sus semejantes y son capaces de liberarse y liberar al otro. Para ello es necesario comprender que la vida es una mezcla de pérdidas y de ganancias. La edad y el tiempo nos dan y nos quitan cosas, y a lo largo de nuestro recorrido vital la gente aparece y desaparece, (bien a causa de la muerte, bien por otras causas). Al ser humano le cuesta ser capaz de entender emocionalmente y psíquicamente palabras como “nunca más”, porque son estados de las cosas irreversibles, como la muerte o un adiós definitivo. Sin embargo, no nos cuesta formular la promesa o el deseo de “para siempre”, porque a pesar de su grandeza, anhelamos la eternidad.

Hay personas que, al finalizar un amor, sienten que el futuro está abierto. Surge en ellas la curiosidad y el deseo de vivir nuevas experiencias, y el pasado de algún modo queda cerrado. Sólo cuando se pone un gran punto y final el amor puede contarse como relato, de principio a fin, y depositarlo en el pasado, como un proceso completo y terminado. Es así como muchas personas logran tener relaciones afectuosas con antiguos amores, y cómo con el tiempo, logran recordarlas con alegría, sin dolor. 


Fisher afirma que el modo de reaccionar ante el rechazo depende de muchos factores, incluida nuestra educación: “Algunas personas desarrollan una estabilidad emocional cuando son niños y cuentan con la autoestima y el aguante necesarios para superar un revés amoroso con relativa rapidez. Otras crecen en hogares desprovistos de amor y habitados en cambio por las tensiones, el caos o el rechazo, lo que puede convertirles en personas muy dependientes o indefensas en otros aspectos. (…) Hay quien tiene más oportunidades de emparejarse y sustituye fácilmente a la pareja que le ha rechazado con distracciones amorosas que mitigan sus sentimientos de protesta y desesperación” (Fisher, 2007).