28 de junio de 2010

Yonkis del Amor





“Al principio, el amante se conforma con ver a su ser amado de vez en cuando.
Pero a medida que la adicción aumenta, necesita cada vez más dosis de “droga”. (…) Si la persona amada rompe la relación, el amante muestra todos los síntomas característicos de la abstinencia de las drogas, incluyendo la depresión, accesos de llanto, ansiedad, insomnio, pérdida de apetito, (o atracones de comida), irritabilidad y asilamiento crónico. Al igual que todos los adictos, el amante está dispuesto a pasar por todo tipo de experiencias nada saludables, humillantes e incluso físicamente peligrosas para conseguir su narcótico. Los amantes también reinciden, como los drogadictos. (…) Racine tenía razón cuando calificó al amante de “esclavo de la pasión” . Helen Fisher, 2004.


Erich Fromm denominó a esta época posmoderna "La Era de la Soledad", un tiempo que se caracteriza por el triunfo del individualismo, el anonimato, y el miedo a sentirse solo. Yo estoy convencida de que la gran utopía posmoderna es el amor romántico, provocada por el hambre de sentimientos y la sed de emociones que nos posee. 


Unos acuden a la fiesta, otros a los deportes de riesgo, y otros buscan a su media naranja con desesperación, esperando salvarse del aburrimiento y de la tiranía de la soledad. Los hay que, cuando se enamoran y son correspondid@s, abandonan amigos, aficiones, hábitos y rutinas, proyectos individuales y colectivos, y se encierran en una burbuja de amor que dura... lo que dura.


Y es que mientras dura, el amor pasional es un torrente de felicidad y una borrachera de ternura, deseo, sentimientos positivos, sensación  de euforia, intensidad en la alegría de vivir.  Creo que hemos sido much@s l@s que hemos podido experimentar ese estado de embriaguez que nos anula el raciocinio y nos mantiene un 90% del día pensando en nuestro amado/amada, así que solemos mostrar comprensión cuando vemos a un ser cercano pasar por esa etapa en la que se nos olvida todo, nuestro rendimiento en el trabajo disminuye, nuestra vida social se estrecha o se anula, y todo nuestro cuerpo se prepara continuamente para hacer el amor y ser amados/as sin control, sin mediciones, sin barreras. 


Helen Fisher afirma que el amor es una droga, porque posee una dimensión adictiva muy fuerte que provoca reacciones desatadas en nuestro organismo. Cuando nos enamoramos, el cuerpo experimenta una especie de tormenta química y segrega unas sustancias anfetamínicas como la dopamina, la norepinefrina, la testosterona, la adrenalina, la oxitocina y la vasopresina, entre otras; todas sustancias placenteras que genera nuestro cuerpo y que se encuentran en las drogas (naturales y sintéticas).


La analogía entre el estado de enamoramiento y el producido por los efectos de algunas sustancias psicotrópicas como el LSD está clara: sensación de euforia, hiperactividad, falta de concentración, exageración, vivencias intensas, obnubilamiento, pérdida del sueño, del hambre y del cansancio físico, etc. o como la morfina, con sus correspondientes fases de “subida” (enamoramiento), síndrome de abstinencia y tolerancia.






En sus experimentos de IMRf con personas enamoradas, Fisher se dio cuenta de que “Directa o indirectamente, casi todas las drogas afectan a un mismo recorrido cerebral, el sistema de recompensa mesolímbico, activado por la dopamina. El amor romántico estimula partes de este recorrido con la misma sustancia. De hecho, cuando los neurólogos Andreas Bartels y Semir Zeki compararon los escáneres cerebrales de sus sujetos enamorados con los de los hombres y mujeres que habían consumido cocaína u opiáceos, comprobaron que se activaban muchas de las mismas regiones cerebrales, incluida la corteza insular; la corteza cingulada anterior el caudado y el putamen”.


Muchos psicólogos defienden también esta idea de que el amor es una adicción porque el enamoramiento provoca estados de euforia, depresión y sobre todo dependencia afectiva. La pasión es extraordinariamente difícil de controlar y produce, entre otras emociones, ansiedad, obsesión, compulsión, distorsión de la realidad, dependencia emocional y física, cambio de personalidad y pérdida del autocontrol. El amante que está bajo este influjo muestra los tres síntomas clásicos de la adicción: tolerancia, abstinencia y reincidencia.




El hecho de que los amantes puedan permanecer despiertos toda la noche conversando y haciendo el amor es debido, según el psiquiatra Michael Liebowitz, al baño natural de anfetaminas que inundan los centros emocionales del cerebro, que contribuyen al optimismo y la energía desbordante que sentimos. Sin embargo, también el enamoramiento puede ser tremendamente doloroso: los enamorados sufren cuando se separan, por ejemplo, en los viajes de negocios o las vacaciones. Liebowitz piensa que durante la separación los enamorados se ven privados de su dosis diaria de drogas narcóticas naturales. Los niveles de endorfina bajan, y comienza la nostalgia y la melancolía, y en algunos casos, la desesperación.






La literatura, tanto científica como no, ha puesto de manifiesto que el enamoramiento no correspondido es una de las situaciones vitales que mayor sufrimiento acarrea para el ser humano (Yela García, 2002). El enamorado no correspondido puede llegar a perder no sólo la concentración en sus responsabilidades laborales e interpersonales, sino incluso el sueño, el apetito, y la propia motivación por la vida sin su amada. En esta línea, Fisher afirma que es posible que este circuito romántico sea en parte la causa de que algunos hombres y mujeres se muestren dispuestos a tolerar los malos tratos psicológicos y físicos: algunos amantes rechazados se comprometen a cosas ridículas o aceptan castigos horribles por temor a perder al ser amado. Liebowitz cree que estos adictos al amor sufren de bajos niveles de las drogas narcóticas naturales, de modo que se aferran a la persona amada porque lo prefieren antes que el riesgo de la baja de dichos opiáceos. Como los adictos a la heroína, están químicamente casados con sus parejas.





La noción de adicción estuvo ligada en su origen casi totalmente a la dependencia química, del alcohol o de drogas de diversos tipos. Según Anthony Giddens (1995), una vez medicalizada la idea, fue definida como una patología física cuando se expresa en una conducta compulsiva, y se mide por las consecuencias que tiene el hábito para el control del individuo sobre su vida: “Una compulsión es una forma de conducta que un individuo encuentra muy difícil, o imposible, de detener sólo con el poder de su voluntad. Obrar a impulsos de las mismas produce una liberación de tensiones. La conducta compulsiva se asocia al sentimiento de pérdida de control sobre el Ego. La adicción puede ser definida como un hábito estereotipado que se asume compulsivamente”.


Todas las adicciones son esencialmente narcotizantes, pero el efecto químico no es un elemento esencial de la experiencia adictiva; es más importante su dimensión psicológica.




La adicción es una reacción defensiva, una vía de escape, un reconocimiento de falsa autonomía que amenaza la integridad de nuestra autonomía. Anthony Giddens (1995) define a una persona codependiente como alguien que, para reforzar su sentido de seguridad ontológica, necesita otro individuo o conjunto de individuos. Esto es visible en la gente que se siente incapaz de vivir sol@ y que siempre encadenan parejas, una tras otra; al final no importa tanto con quien como el mismo hecho de tener pareja, que se puede convertir en una obsesión compulsiva.







Colette Dowling (2003) sostiene la idea de que la dependencia ha afectado más a las mujeres que a los hombres, y que es la principal fuerza que mantiene sujetas hoy día a las mujeres a situaciones de dominación y sumisión. A este fenómeno lo denomina “complejo de Cenicienta”: “un entramado de actitudes y temores largamente reprimidos que tienen sumidas a las mujeres en una especie de letargo que les impide el pleno uso de sus facultades y de su creatividad. Como Cenicientas, las mujeres esperan hoy algo que, desde el exterior, venga a transformar su vida”. La autora reconoce que la dependencia es completamente normal en los humanos, porque somos seres gregarios que necesitamos a los demás para sobrevivir. Sin embargo, en la sociedad patriarcal a las mujeres se las ha inclinado hacia la dependencia “hasta un grado realmente malsano”; a los niños se les educa para que sean independientes, y a las niñas se las cuenta relatos de princesas que esperan en su castillo a que venga un príncipe salvador que llene sus vidas; “el único salvador que conoce el muchacho, en cambio, es él mismo”.


También la dependencia masculina forma parte de la dinámica amorosa patriarcal, de modo que volvemos a insistir en la idea de que más que una adicción química o física, el enganche de la gente con el amor también es cultural. Porque se nos inocula el virus pasional mientras vemos películas, series, novelas, etc. de forma que mucha gente se pasa la vida enamorándose o suspirando por tener una relación que sea una continua borrachera de sentimientos y emociones.


Lo curioso es que esas borracheras duran poco porque el cerebro no puede pasarse años segregando continuamente esas metanfetaminas; por eso la gente cambia de pareja y quiere vivir nuevas aventuras, saborear la intensidad de las drogas naturales y alargarla lo más posible. El amante abandonado, en cambio, se queda con el mono; su cuerpo ya no segrega esas sustancias y entra en una fase de depresión tras la euforia. Viene la rabia, el síndrome de abstinencia, el deseo exacerbado, la melancolía... que también son emociones anfetamínicas que disminuyen hasta desaparecer con el tiempo. 


Coral Herrera Gómez








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21 de junio de 2010

EL ENAMORAMIENTO






“Casi todo el mundo conoce las sensaciones de enamoramiento: esa euforia, ese tormento, esas noches en vela y esos días sin descanso. Envueltos en éxtasis o aprensión, soñamos despiertos durante una clase o en el trabajo, olvidamos el abrigo, nos sentamos junto al teléfono o planeamos lo que diremos, obsesionados, ansiando otro encuentro con “él” o “ella”. El más mínimo gesto de él o ella nos congela el pulso, nos marea su sonrisa, corremos riesgos estúpidos, decimos tonterías, reímos demasiado, revelamos secretos oscuros, hablamos la noche entera, a menudo nos abrazamos y nos besamos, ajenos al resto del mundo, cautivados y febriles, sin aliento, etéreos de felicidad” (Helen Fisher, 2004)
                                                                                                                                

El enamoramiento es un estado alterado de la conciencia que nos proporciona una especie de colocón hormonal y anfetamínico permanente. Cuando fijamos en alguien nuestra atención de manera especial y con un fuerte deseo erótico, cambia nuestra percepción de la realidad y experimentamos derrames emocionales intensos, ajenos a nuestra voluntad. Es la primera fase que viven las parejas enamoradas, que experimentan la magia del amor con pasión y descontrol: es el momento en que sentimos la pérdida de nuestro libre albedrío, racionalidad y creencias. También se trastoca nuestro comportamiento, nuestros ritmos de sueño, nuestra cotidianidad. 


El amor es, en estas primeras etapas, un tsunami con una grandisima carga emocional que arrasa con todos los obstáculos, como el miedo a enamorarse o nuestros prejuicios en torno a las categorías raciales, al matrimonio como institución sagrada, las diferencias de clase social, o las distancias físicas y temporales. El enamoramiento ha sido comparado con los venenos, los brebajes mágicos, con la enfermedad del cuerpo y el alma, como si fuese algo que sentimos ajenos a nosotros mismos, y que provoca fuertes reacciones emocionales que escapan a nuestro control. Se ha asociado también a la locura, al éxtasis, a la borrachera, a los estados de trance y a los accesos místicos: estados mentales, emocionales y sexuales que nos transportan a otras dimensiones de la realidad

Esta capacidad del amor para trastocarnos y derrumbar nuestros esquemas y rutinas de vida es especialmente visible en el proceso del enamoramiento. Por eso usamos expresiones como: “estoy loc@ por ti”, o “siento que me muero de amor”. A menudo, el enamoramiento, si es correspondido nos transporta a un estado de felicidad que es extraordinario, porque es muy intenso y continuo. En nuestra sociedad este estado de felicidad permanente es el estado ideal en el que la gente querría estar siempre; por eso el amor tiene tanta importancia en la actualidad. Estar enamorad@ coloca tanto que incluso los golpes de la vida se ven amortiguados; cuando nos enamoramos le encontramos un sentido a la vida, la realidad cobra otra dimensión (se ve la vida más colorida y primaveral), nos sentimos con la autoestima por las nubes, capaces de todo, y se dispara nuestro afán soñador y utópico, porque creemos que, bajo los efectos del amor, todo es posible




Carlos Yela García (2002) cree que el enamoramiento en nuestra cultura actual se produce fundamentalmente por la combinación de tres factores: una atracción física, que se acrecienta con una atracción personal, y se dispara cuando existe un conocimiento o una sospecha fundada de que existe reciprocidad de atracción

Yela nos ofrece un resumen de las características principales del enamoramiento y sus protagonistas basándose en las teorías de Freud, Rougemont, Tennov, Trías, Sternberg, Fisher, Money, Rubin.:
- Grandilocuencia (estado emocional extraordinariamente intenso, al que uno confiere una enorme importancia).
Intenso deseo de intimidad y unión con el otro (estar con él/ella físicamente, tocar, abrazarle, compartir experiencias, secretos, relaciones sensuales…).
-  Aparición súbita (flechazo).
-  Intenso deseo de reciprocidad y temor al rechazo.
- Pensamientos frecuentes e intrusivos sobre el otro/la otra.
- Pérdida de la concentración (para el resto de las conductas cotidianas).
- Fuerte activación fisiológica ante la presencia (real o imaginada) del otro (excitación, nerviosismo, sudoración de manos, aceleración cardiaca, euforia…).
- Hipersensibilidad ante los deseos y necesidades del otro.
- Vulnerabilidad psicológica.
- Cierta timidez ante el otro.
- Sentimientos ambivalentes (el famoso “dulce tormento”).
- Atención selectiva (centrada en el otro).
- Idealización de la otra persona (percepción exclusiva de características positivas).
- Ausencia de control voluntario sobre tales sentimientos.
-  Empleo de pautas esenciales de seducción para propiciar la proximidad espacio-temporal.
-  Búsqueda de contextos de alta activación fisiológica: compartir situaciones intensas, novedosas, placenteras, emocionantes, arriesgadas, peligrosas, distintas de la rutina (como enfrentarse a una meta difícil juntos, transgredir una norma paternal o social, enfrentarse juntos a un problema serio –personal o social- o afrontar un peligro físico real o simulado).
- Se potencia el atractivo físico propio.
- Empleo de la comunicación no verbal: sonrisas, miradas, proximidad paulatina, postura sociópeta, tono de voz suave, etc.
- Empleo de un lenguaje ambiguo y lúdico.
- Demostración de características socialmente deseables: simpatía, sentido del humor, generosidad, etc.; ello tenderá a elicitar atracción personal del otro hacia nosotros.
- Se trata de acentuar la similitud de actitudes, gustos, opiniones, intereses, etc. con el otro.
- Auto revelaciones personales profundas que intensifican la sensación de intimidad.

Las relaciones entre la atracción sexual, el enamoramiento y determinados procesos biológicos (fisio-anatomo-neuro-químicos) han sido los campos preferidos de la investigación empírica en este área. Según Yela García, todos estos estudios coinciden en que una de las principales variables implicadas en el enamoramiento es la intensa elevación de la activación fisiológica general (lo que los psicólogos suelen denominar aurosal: excitación general, nerviosismo, sudoración de manos, aceleración cardiaca, euforia…) y un proceso de activación sexual (aumento del deseo, excitación sexual).

Todos los especialistas coinciden en señalar que nuestro principal órgano sexual es sin duda el cerebro, productor de temores, júbilos, deseos, excitaciones, fantasías, imaginaciones sexuales… (Beach y Ford, 1951; Kaplan, 1979; Liebowitz, 1983). Las partes del cerebro que se activan con el enamoramiento son: el córtex (responsable de los aspectos cognitivos y conscientes de los comportamientos amorosos y sexuales); el sistema límbico (donde están ubicados los centros de placer y dolor; y el sistema motivacional y emocional), la hipófisis (donde se producen algunas de las principales hormonas reguladoras de tales conductas), el hipotálamo (centro regulador y distribuidor de los impulsos nerviosos) y en general todo el tejido neuronal (en cuya sinapsis van a transmitirse los neurotransmisores, algunos de los cuales juegan también un destacado papel en el fenómeno amoroso).



Otras características y síntomas asociados al amor fueron analizados por la psicóloga Dorothy Tennov en su estudio Love and Limerence (1979). Tennov identificó en sus investigaciones una constelación de características comunes la condición de “enamoramiento”, un estado que ella denomina limerence o amartelamiento. El primer aspecto significativo de esta condición es su comienzo, el momento en que otra persona adquiere un “significado especial”; comienza la “invasión de ideas”, y la mente se ve invadida por pensamientos en torno al “objeto del amor”. 

En un principio las conexiones intrusivas ocurren a intervalos irregulares. Algunos encuestados informaron que los pensamientos relativos a la persona amada ocupaban menos del 5% de sus horas de vigilia, pero muchos dijeron que, a medida que la obsesión crecía, pasaban del 85% a casi el 100% de sus días y noches en una atención mental sostenida, pensando en ese único individuo. Con el paso de los días comenzaban a prestar atención a aspectos muy triviales del ser adorado y a magnificarlos como parte de un proceso que Tennov llama cristalización. Se diferencia de la idealización en que la persona enamorada ve claramente las debilidades de su ídolo, hombre o mujer. Pero los dejan a un lado o se convencen a sí mismos de que dichas debilidades son únicas y simpáticas, y se derriten por los aspectos positivos de la apariencia física o la personalidad del ser amado.

Según Tennov, dos sentimientos dominaban las ensoñaciones de los enamorados analizados: la esperanza y la inseguridad. La mayoría hablaron de temblores, palidez, rubor, una debilidad generalizada y sensaciones abrumadoras de incomodidad, tartamudez, y hasta pérdida de casi todas sus facultades y capacidades básicas. La timidez, el miedo al rechazo, la expectativa y el ansia de lograr la reciprocidad son otras características del enamoramiento. En las investigaciones de Tennov aparecía como característica común la sensación de impotencia de los enamorados, y la idea de que esa pasión era irracional, involuntaria e incontrolable.

Para esta psicóloga fue muy interesante observar que la adversidad es una clave incendiaria que siempre estimula la pasión; se ha denominado a este fenómeno el efecto Romeo y Julieta o la atracción de la frustración, que supone que los obstáculos de cualquier tipo (como la guerra entre dos familias) intensifican la pasión. 

También Helen Fisher (2004) cree que a medida que se intensifica la adversidad, lo hace también la pasión romántica. Los obstáculos pueden ser externos o internos, pero en cualquier caso si una persona es difícil de “conquistar” nuestro interés por ella aumenta. Por ello, afirma Fisher, no es sorprendente que la gente se enamore de personas casadas, o de personas de las que estamos separados por dificultades que parecen casi insuperables. 

Esta tesis será también defendida por Denis de Rougemont (1939) en su análisis histórico y literario sobre el amor, que se convirtió en un manuel de referencia académico. De algún modo, Amor y Occidente fue un punto de partida para posteriores reflexiones y análisis en torno al fenómeno amoroso en numerosas disciplinas como la Literatura o la Sociología. Un ejemplo de ello es Francesco Alberoni (1979), que apoya la tesis de De Rougemont y afirma que en la ficción literaria el obstáculo es un artificio para construir una historia de amor dotada de sentido: las familias enemigas de Shakespeare, el matrimonio de Isolda, el nacimiento del nuevo hijo en las Afinidades Electivas de Goethe, la muerte de Beatriz en Dante, etc.

Alberoni (1979) define el enamoramiento como el estado naciente de un movimiento colectivo de dos: “El estado naciente es una revolución de la vida cotidiana, por eso logra despegarse cuando ha tenido éxito en revolucionarla, o sea cuando la vida puede tomar otra dirección nueva, querida e interesante”. Así, por un lado, el enamoramiento es un proceso personal con un poder transformador que asemeja la vivencia amorosa a la aventura. Para Alberoni, hacer experiencias nuevas juntos es la clave de la prolongación del enamoramiento activo:

“No hay nada que destruya de manera más total el enamoramiento que la repetición de lo idéntico. (…) Para que esto suceda no es necesario que los enamorados vayan a regiones desconocidas, pueden quedarse en su territorio pero deben tener la ocasión de revisitarlo de manera completamente diferente; deben poder construir itinerarios nuevos y significativos para sí mismos. (…) En realidad todos buscan el viaje exterior activo, la acción, porque ésta satisface la ardiente exigencia de transformar la vida como lo requiere el estado naciente” .

El enamoramiento también es una aventura que sitúa a las personas en un estado de euforia similar en intensidad a los estados de euforia colectivos. Alberoni cree que entre los grandes movimientos colectivos de la Historia y el enamoramiento hay un parentesco estrecho,

“el tipo de fuerzas que se liberan y actúan son de la misma clase, muchas de las experiencias de solidaridad, alegría de vivir, renovación, son análogas. La diferencia fundamental reside en el hecho de que los grandes movimientos colectivos están constituidos por muchísimas personas y se abren al ingreso de otras personas. El enamoramiento, en cambio, aun siendo un movimiento colectivo, se constituye entre dos personas solas”

Francesco Alberoni afirma rotundamente que el enamoramiento es la forma más simple de movimiento colectivo, y lo compara a los grandes procesos revolucionarios de carácter religioso, social, sindical, políticos o estudiantiles: “unos movimientos que dan origen a un nuevo “nosotros” colectivo hecho sólo por dos personas, como en el enamoramiento” . Para Alberoni, el enamoramiento es la subversión del orden, el trastocamiento de las instituciones sociales y económicas. Pone de ejemplo la sociedad feudal, en la que subsistía la estructura de las relaciones de parentesco cuando nace la burguesía y la intelectualidad. 

El enamoramiento surge en este contexto histórico y social como una chispa entre dos individuos que pertenecen a dos sistemas separados e incomunicables. Se buscan y se unen transgrediendo las reglas endogámicas del sistema de parentesco o de clase, como Abelardo y Eloísa, o Romeo y Julieta. Otras transgresiones son la ruptura de la adolescencia con la familia de la infancia (Julieta), o el adulterio como ruptura de la pareja conyugal, el sistema de parentesco (hermanos o primos que no pueden casarse), una fe política (ella de familia republicana, él príncipe heredero), una diferencia cultural o lingüística, de edad, u orientación sexual.

Alberoni sostiene que sin la diferencia, sin el obstáculo, no hay ninguna necesidad de instaurar otro sistema de diferencias e intercambios, es decir, de fundar otra institución. El enamoramiento es, así, una experiencia de liberación, de plenitud de vida, de felicidad. Por eso Yela afirma que el enamoramiento suele surgir en un contexto de “alta activación”: lugares ruidosos (festivales, conciertos, discotecas, pubs), novedosos (un viaje, una experiencia no vivida anteriormente), placenteros, y distintos de la rutina (un fin de semana loco, unas vacaciones, una acampada, una atardecer en el río, una noche en la playa, etc.) y situaciones peligrosas o amenazantes.

El enamoramiento, según Alberoni, surge de la sobrecarga depresiva cotidiana: nadie se enamora si, aunque sea parcialmente, está satisfecho de lo que tiene y de lo que es. Por eso el enamoramiento es más frecuente en los jóvenes: porque son profundamente inseguros, su autoestima oscila mucho, y a menudo se avergüenzan de sí mismos: “Cuando uno tiene la nada por delante surge la disposición a lo diferente y al riesgo, la propensión a arrojarse en el todo o nada”. En este sentido, Alberoni cree que el enamoramiento es un acto de liberación, porque el futuro está abierto y el pasado adquiere un nuevo valor: “El enamoramiento, como todo estado naciente, es una exploración de lo posible a partir de lo imposible, una tentativa que hace lo imaginario para imponerse sobre lo existente; es también buscar el sentido de nuestro propio destino”.




Hay personas que no soportan la intensidad del enamoramiento y que pretenden controlar enseguida lo incontrolable: domesticarlo, definirlo, darle un nombre, establecer el tipo de relación que se desea, y lograr regular la intensidad a gusto del enamorado. Estas personas desean llegar cuanto antes a la fase posterior, en la que reina la paz, la seguridad, la estabilidad, aunque acabe con el éxtasis. 

Otras en cambio se resisten a domesticar la relación y a menudo perpetúan el tormento durante toda la relación, incluso voluntariamente, poniendo obstáculos del mismo modo que Isolda y Tristán colocaban la espada entre ambos al acostarse para dormir: ponen un obstáculo para intensificar el deseo.

Entre los aspectos positivos del enamoramiento, Alberoni destaca el placer de la generosidad y la entrega que experimenta la gente al enamorarse. Amar es dar sin esperar nada a cambio, es desprenderse de algo o hacer algo por alguien sólo por hacerle feliz. También el amor pleno es igualitario, porque sitúa a los amantes en un plano no jerárquico de relación, y sus principales virtudes son la autenticidad y la sinceridad. 

Entre los aspectos negativos del enamoramiento, José Ortega y Gasset (1941) afirma que todo el que se enamora tiene una predisposición a ello, y entiende el enamoramiento como un estado de miseria mental en el que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza:

El enamoramiento es, por lo pronto, un fenómeno de atención: (…) una atención dirigida anómalamente detenida en otra persona. (…) hay una progresiva eliminación de las cosas que antes nos ocupaban. La conciencia se angosta y contiene un solo objeto. (…) Reconozcamos en el enamoramiento un estado inferior de espíritu, una especie de imbecilidad transitoria. Sin anquilosamiento de la mente, sin reducción de nuestro habitual mundo, no podríamos enamorarnos”.

Para Ortega y Gasset, la atención es el instrumento supremo de la personalidad; es el aparato que regula nuestra vida mental; al quedar paralizada, no nos deja libertad alguna de movimientos. “Tendríamos, para salvarnos, que volver a ensanchar el campo de nuestra conciencia, y para ello sería preciso introducir en él otros objetos que arrebaten al amado su exclusivismo. Si en el paroxismo del enamoramiento pudiésemos de pronto ver lo amado en la perspectiva normal de nuestra atención, su mágico poder se anularía”. El filósofo español lleva a cabo un paralelismo entre éxtasis y amor que le lleva a comparar el enamoramiento como un estado de hipnotismo, porque en ambos procesos hay trance, alucinaciones, y hasta efectos corporales idénticos, como insensibilidad y catalepsia.


Yo encuentro que el principal rasgo negativo del enamoramiento es el ansia de posesividad y de exclusividad que mucha gente experiementa sobre su objeto de amor (a veces irracionalmente). También el hecho de que idealizamos a las personas porque no las conocemos bien, por eso luego nos decepcionamos profundamente. 


Creo que enamorarse no es un acto de amor, en realidad; es difícil querer a alguien de verdad si solo la queremos para nosotr@s. No se puede amar a nadie si sólo  conocemos su lado luminoso, si no queremos ver ni asumir la mochila de miserias y los defectos del otro. El amor, creo, se da cuando aceptamos al otr@ tal y como es. 


Sin embargo, hay gente que llega a odiar a su objeto de deseo cuando descubre que "no es lo que pensaba que era". Es decir, como no se amolda a sus deseos, ni a su modelo idealizado de mujer/hombre perfecto, ni le ama como él quiere que le amen, desprecia al amante, cuando en realidad la culpa reside en las desmesuradas expectativas que le ponemos al amor romántico y la borrachera química que no nos deja ver la realidad tal como es, del mismo modo que las drogas.


Otro rasgo doloroso es que la pasión del enamoramiento se devalúa progresivamente, y se acaba. El cuerpo y el cerebro no pueden sostener esta situación emocional tan extraordinaria e intensa durante demasiado tiempo, por eso tiene fecha de caducidad: se atenúa en unas semanas, meses, o dos o tres años a lo sumo, según Helen Fisher.


Cuando el entusiasmo y la novedad se desvanecen, el cerebro incorpora nuevos elementos químicos, como las endorfinas, sustancias naturales semejantes a la morfina que serenan la mente. Liebowitz sostiene que mientras las endorfinas irrumpen en las vías primarias del cerebro, inauguran la segunda etapa del amor –el apego-con sus sensaciones de seguridad y paz.

Sin embargo, no siempre la pasión se desvanece y se transforma en amor. La realidad es que a veces se convierte en odio y otras veces en relaciones tormentosas e inestables. El estado de arrebato amoroso no siempre está nivelado; es decir, pocas veces se da a la vez en las dos personas con igual grado de intensidad. Unas veces uno está más enamorado, y otras veces le toca al otro; cuando se alcanza el equilibrio perfecto, la pareja experimenta unas sensaciones recíprocas que le hace sentir muy felices, pero este estado de armonía ideal no suele durar demasiado. 


Sobre todo cuando matamos el misterio; si sabemos que ya hemos conquistado plenamente a la otra persona, es probable que disminuya la intensidad de nuestras pasiones, que se alimentan con el miedo. El miedo puede exacerbar la pasión, porque tememos no ser correspondid@s, tememos perder nuestro objeto de deseo, tememos que sea todo un espejismo o un sueño. Pero también puede ser un obstáculo muy poderoso para la creación de una pareja y la consolidación del amor. A veces por el grado de compromiso que ello requiere; otras veces por miedo a ser traicionados


Enamorarse requiere una gran inversión de tiempo y energía; por eso no todo el mundo se siente seguro a la hora de abrir su corazón a alguien que no se conoce bien y que no sabemos si nos va a dejar de querer de golpe, cosa que nunca vamos a poder saber de nadie, ni siquiera podemos controlarlo en nosotros mismos, por mucho que queramos ser fieles hasta la eternidad. 


En general, las personas cuando se enamoran tienen dos opciones: o verse arrastrados por la inundación emocional y dejarse mecer por el oleaje amoroso, o bien luchar con todas sus fuerzas contra sus propios sentimientos y la marea de emociones que se le vienen encima. La resistencia a enamorarse viene dada normalmente por el miedo a sufrir: las relaciones eróticas y afectivas entre los humanos son a menudo difíciles y dolorosas. 


No todo el mundo desea enamorarse de nuevo, bien porque ya tienen un compromiso emocional con otra persona que les proporciona estabilidad psíquica y emocional, bien porque desean permanecer libres y asegurar su independencia. Hay gente que se niega a dejarse llevar por sus sentimientos porque no quieren complicarse la vida, porque necesitan tener control sobre ella, o simplemente porque el coste psíquico y emocional de un desengaño amoroso es demasiado para nosotr@s cuando ya se han acumulado varios. 

Esto hace que las relaciones se desequilibren por una cuestión de intensidad y ritmo (una quiere ir despacio, el otro quiere vivirlo a tope) o por una cuestión cuantitativa: cuando un@ está dispuesto a darlo todo y el otr@ no se siente tan generos@ o disponible. Lo mismo sucede cuando uno de los dos miembros tiene una vida social y unas aficiones que lo hacen una persona más autónoma, y el otro es más dependiente o tiene una vida menos llena de eventos o de pasiones individuales. Las expectativas, la necesidad, el deseo, la urgencia, las luchas de dominación... son todos factores que influyen en el desequilibrio amoroso de una pareja. 

Por eso cuando se logra una armonía llena de erotismo, de colocones anfetamínicos, noches sin dormir, momentos especiales que trascienden la realidad, lo que hay que hacer es disfrutarlo, agarrarse al presente y vivirlo con intensidad. Sin pensar en el futuro. Sin querer controlarlo y acoplarlo a nuestra cotidianidad. Dejando que la realidad sea otra cosa mientras estamos invadid@s de amor. La explosión que denominamos enamoramiento sabemos que no sucede todos los días ni todos los años, y que cuando llega es especial, pero no va a durar para siempre, porque todo se mueve, nada permanece. Por eso la máxima del carpe diem: vivamos el momento porque es irrepetible.



Coral Herrera Gómez





BIBLIOGRAFÍA





1)     Alberoni, Francesco: “Enamoramiento y Amor”, Gedisa, Barcelona. 1988.
2)     De Rougemont, Denis: “El amor y Occidente”, Editorial Kairós, Barcelona, 1976  (1939.).
3)     Fisher, Helen: “¿Por qué amamos?”, Santillana Ediciones Generales, Madrid, 2004.
4)     Ortega y Gasset, J., “Estudios Sobre El Amor”, Biblioteca General Salvat, Alianza Editorial, Navarra, 1971.
5)     Yela García, Carlos: “El amor desde la psicología social. Ni tan libres, ni tan racionales”, Ediciones Pirámide, Madrid, 2002.




Otros artículos de la autora: 

EL DESAMOR




El amor romántico desde una perspectiva científica. ¿Por qué y para qué estudiar el amor?




11 de junio de 2010

¿Es revolucionario el Amor Romántico?




¿Es revolucionario el amor romántico?

No hay nada más excitante y pasional que los amores imposibles y los amores prohibidos. Los occidentales vivimos oleadas de invasión romántica como si fueran tsunamis emocionales que trastocan nuestra vida entera. Así, el amor se compara con los hechizos, las borracheras que anulan nuestra sensatez, las enajenaciones transitorias que traicionan nuestra ideología, la fuerza poderosa que anula nuestros principios más sólidos.

El amor romántico rompe familias, destroza parejas, altera el orden social y arrasa nuestras certezas sobre como deberían ser las cosas o como nos gustaría que fuesen. Por eso tiene un potencial revolucionario: idealizamos el amor romántico como un proceso que nos sirve para romper con cadenas que nos aprisionan, y para alcanzar la felicidad eterna.

Y es cierto que la fuerza arrasadora del amor romántico es profundamente transgresora porque, cuando estalla en intensidades incontroladas, perturba seriamente nuestros estados de ánimo y rompe, a menudo, con las estructuras morales, sociales y políticas, y desafía a todas las religiones, porque no entiende de normas que lo frenen en su goce.  
El amor revoluciona nuestra vida cotidiana: de pronto alguien entra en nuestra vida y pone patas arriba nuestra realidad: son muchos los que lo dejan todo y se cruzan medio mundo por amor. Nuestra rutina y horarios, lugares, ritmos y costumbres son alterados por nuestros sentimientos, a menudo contradictorios y casi siempre intensos.



Y es que no es fácil ni frecuente enamorarse locamente, por eso es un suceso extraordinario que nos atrae irremediablemente, sean cuales sean las consecuencias. Un enamorado arrebatado es capaz casi de cualquier cosa por su amor, pasando a menudo por encima de sus prejuicios, creencias, costumbres, manías, y normas. Enamorarse fuera del matrimonio, por ejemplo, le sucede incluso a gente que cree firmemente en el matrimonio y permanece fiel muchos años. Les pasa a los que ponen el grito en el cielo frente al adulterio. Les pasa a muchos y a muchas: las cifras demuestran que no somos seres excesivamente monogámicos y que nos gusta lo prohibido.


Coincio con Marcuse (1955) en la idea de que el fin de la represión instintiva, y la liberación sexual humana no supondrían el final de la civilización. Para Marcuse la liberación de la represión humana sería tal que permitiría la gratificación, sin dolor, de las necesidades, y la dominación ya no impediría sistemáticamente tal gratificación. La liberación de Eros podría crear nuevas y durables relaciones de trabajo; el mundo no se acabaría y los seres humanos no nos destruiríamos los unos a los otros. Marcuse añade un  nuevo término para explicar este proceso: la autosublimación de la sexualidad: “El término implica que la sexualidad puede, bajo condiciones específicas, crear relaciones humanas altamente civilizadas sin estar sujeta a la organización represiva que la civilización establecida ha impuesto sobre el instinto”.


Otros autores como Charles Fourier hablaron a mediados del siglo XIX del amor como motor social, es decir, como clave del proceso revolucionario. Para este socialista utópico la verdadera libertad sólo podía alcanzarse sin amos, sin el  trabajo y sin la supresión de las pasiones; que es  destructiva para el individuo y para la sociedad en su conjunto. Antes de la invención de la palabra homosexual, Fourier reconocía que tanto hombres como mujeres tenían un amplio espectro de necesidades y preferencias sexuales que podían cambiar a lo largo de la vida, incluyendo la sexualidad entre personas del mismo sexo y la androgénité. Defendía que todas las expresiones sexuales deberían ser disfrutadas, mientras no se abusara de las personas, y que «afirmar las propias diferencias» de hecho podía mejorar la integración social. Creía en la bisexualidad como una condición natural del ser humano, y en la necesidad de la igualdad de hombres y mujeres para tener relaciones bonitas, equilibradas y abiertas a la colectividad. Este filósofo francés acuñó el concepto de  amor libre como sistema amoroso contrario al orden patriarcal e ideal para las mujeres; era un hombre que criticaba el individualismo y creía profundamente en la sociabilidad natural del homo sapiens. Defendía que las relaciones sexuales y afectivas libres podían hacer de esta sociedad un mundo más amable, más solidario y cooperativo, y por supuesto, más pacífico. 


Ejemplos de la rebeldía del amor romántico son la doncella que se niega a casarse con el marido asignado por su padre, la esposa enamorada de su masajista (alguien más joven y de nivel económico inferior, pongamos por ejemplo), el árabe enamorado del israelí, la adolescente enamorada de su profesor, el padre de familia numerosa de la mejor amiga de su compañera, la mujer blanca de la mujer negra, el abogado enamorado de su compañero de trabajo...

La historia de la Humanidad está plagada de amores prohibidos por diversos motivos; en el caso de Julieta y Romeo, por ejemplo, su amor desafía al orden patriarcal, que les impide vivir su amor con plenitud. La afrenta de los Capuleto y los Montesco es el obstáculo ideal para encender la llama de la pasión de estos jovencitos que viven su libertad a través del amor y la muerte, burlandose así de la autoridad de los pater de familia. Lo mismo sucede en la Celestina; el amor de Melibea por Calisto es rebelde porque se empeña en no someterse a las órdenes que la obligaban a conservar su virginidad hasta que encontrasen un marido viejo y rico para ella, como era la costumbre entonces (y como sigue siendo en muchas partes del mundo).

Pese a la sumisión a la que se obliga a las mujeres que son consideradas objetos de la propiedad privada del padre primero, y del marido después, el amor femenino es una vía de liberación, porque muchas mujeres sumisas sienten, cuando les llega la flecha de Cupido que no pueden evitar desobedecer y sentir lo que sienten. Es entonces cuando se rebelan contra un sistema que no las considera sujetos autónomos con libre albedrío para tomar decisiones.

Normalmente las heroínas de los relatos son mujeres para las que el amor es un incentivo para la rebelión y se convierte en el leitmotiv de su lucha por la libertad. Por eso, son duramente castigadas por su atrevimiento, y son condenadas a la muerte, al ostracismo social o la pobreza. Sin embargo, a menudo se presenta como solución la boda: el matrimonio es la vía para lograr una independencia parcial o mejor, una dependencia voluntaria, es decir, no impuesta por el pater sino asumida gustosamente (gracias al colocón anfetamínico que provoca el buen sexo y el amor).

El amor, así, no entiende de orientaciones sexuales, religiones, de idiomas, de moral, de normas, de edad... aunque nosotros impongamos ciertas normas para controlar la libido. Freud y Marcuse plantearon que la base de nuestra civilización occidental está basada en la represión. Gracias a ella, supuestamente logramos convivir en paz, porque, según Freud, nadie puede ir por la vida cumpliendo todos sus deseos ni desarrollando todo su potencial erótico con alegría y sin problemas de ningún tipo.
Nos adaptamos en lo posible, para no desentonar con la sociedad, al modelo amoroso hegemónico: heterosexual, entre dos personas de aproximadamente similar edad y estatus socioecómico, con capacidad reproductiva y que practique la repartición patriarcal de roles. Fuera de este modelo estereotipado, las parejas interraciales, homosexuales, las parejas formadas por un menos de edad, os tríos, los intercambios de pareja y otras formas de amarse están invisibilizadas, a veces penalizadas y (casi) siempre al margen.

Y sin embargo, desde el principio de los tiempos la gente se ha enamorado y se ha relacionado con gente que no debía; porque el deseo se exacerba con la prohibición, los obstáculos, la imposibilidad. Porque nos atrae lo diferente, y porque resulta muy difícil reprimirse sin descanso, toda la vida. Porque, al parecer, Cupido dispara sus flechas aleatoriamente y la principal norma del juego es que no se puede elegir a la persona ideal. Si no que se lo pregunten a Ana, la Regenta, enamorada de un cura, a Emma Bovary, apasionada adúltera por aburrimiento, o a Ana Karenina.

Siguiendo con la idea de la represión sexual, Freud pensaba que si todos los miembros de la sociedad satisficieran sus instintos la civilización caería en el caos y la barbarie, ya que los humanos son agresivos por naturaleza y  dejándoles a su libre albedrío arrasarían, violarían y matarían a sus semejantes. Para el creador del psicoanálisis, la cultura es la lucha entre Eros y Tánatos, es decir, entre el instinto de vida y el instinto de destrucción. La evolución cultural por ello puede ser definida brevemente como la lucha de la especie humana por la vida: “El conflicto entre la civilización y la sexualidad es provocado por la circunstancia de que el amor sexual es una relación entre dos personas, en las que una tercera solo puede ser superflua o perturbadora, y en cambio la civilización está fundada en las relaciones entre grupos de personas más vastos”.



Otros autores como Charles Fourier hablaron a mediados del siglo XIX del amor como motor social, es decir, como clave del proceso revolucionario. Para este socialista utópico la verdadera libertad sólo podía alcanzarse sin amos, sin el  trabajo y sin la supresión de las pasiones; que es  destructiva para el individuo y para la sociedad en su conjunto. Creía en la bisexualidad como una condición natural del ser humano, y en la necesidad de la igualdad de hombres y mujeres para tener relaciones bonitas, equilibradas y abiertas a la colectividad. Este filósofo francés acuñó el concepto de  amor libre como sistema amoroso contrario al orden patriarcal e ideal para las mujeres; era un hombre que criticaba el individualismo y creía profundamente en la sociabilidad natural del homo sapiens. Defendía que las relaciones sexuales y afectivas libres podían hacer de esta sociedad un mundo más amable, más solidario y cooperativo, y por supuesto, más pacífico. 

Marx y Engels calificaron la teoría de Fourier como ingenua y utópica. Yo creo que para lograr la liberación del amor haría falta un cambio de mentalidad total y global; muchos años de adaptación para borrar de nuestros cuerpos, emociones y mentes el orden heterosexual, monogámico, adulto y reproductivo del patriarcado.
De momento, de vez en cuando, el amor revoluciona nuestras vidas y las de nuestros allegados cuando desafía la ley, las instituciones, la propiedad privada, la fidelidad, y por consiguiente,  provoca escándalo social.

En el siglo XX, el anarquismo libertario y el movimiento hippie estadounidense reivindicaron el amor libre y lo practicaron, en pequeñas comunas y en grandes colectividades como conicertos de rock, festivales y eventos pacifistas. La idea del amor como un motor revolucionario, como sucede por ejemplo con la rabia, que sirve para organizarse políticamente, es sumamente seductora porque supondría el fin de la represion y la extensión de nuestro amor mucho más allá de la pareja; que se presenta como una estructura cerrada y egoísta, centrada en sus propios problemas.

La verdadera revolución creo, consistiría en colectivizar el amor.

La expansión y apertura del amor a nuestros semejantes supondría amar a nuestra familia, nuestros amigos, compañer@s de trabajo, vecin@s del barrio, ciudadan@s sin distinciones de clase social, raza, género o religión; sería un amor expandido y trans, más allá de las etiquetas y de las prohibiciones. Un amor donde no habría engaños, traición, propiedad privada ni exclusividad. Tampoco existiría el adulterio, los celos, el maltrato, ni el asesinato, pues la envidia y el miedo estarían eliminados en un sistema donde la gente se relacionaría con transparencia, respeto y cariño. Y con pasión, que es lo más excitante.
























Coral Herrera Gómez




El amor romántico desde una perspectiva científica. ¿Por qué y para qué estudiar el amor?





La industria del amor romántico



Manifiesto de los Amores Queer




6 de junio de 2010

La utopía emocional del amor romántico


El amor romántico siempre se ha presentado como un fenómeno individual, que acontece en el interior de cada ser humano como un proceso mágico e inevitable. Esta trascendencia a la que nos elevamos los seres humanos cuando vivimos el presente de una forma tan intensa es lo que he denominado la utopía emocional de la posmodernidad. El amor transforma la vida entera de las personas cuando caemos enamorados (del inglés falling in love), pero nuestra forma de amar está construida social e históricamente. El amor también es una construcción cultural y simbólica que varía según las culturas y las épocas históricas.

En la posmodernidad el amor romántico se ha erigido en una nueva utopía de carácter emocional, una vez derrumbadas las utopías colectivas de carácter ideológico y político. El individualismo y la infantilización de la población han llevado a una despolitización y un vaciamiento del espacio social, con notables consecuencias para las democracias occidentales y para la vida de las personas. Una de ellas es la enfermedad del siglo XXI: la soledad, característica del modo de vida en las grandes urbes. En ellas las redes de cooperación y ayuda entre los grupos se han debilitado o han desaparecido. Ha aumentado el número de hogares monoparentales; la gente dispone de poco tiempo de ocio para crear redes sociales en la calle, y el anonimato es el modus vivendi de la ciudad. Un caldo de cultivo, pues, ideal para las uniones de dos en dos (a ser posible monogámicas y heterosexuales, si’l vous plait).

El amor constituye un dispositivo de control social, y además también posee una dimensión económica de gran envergadura cuyo correlato es el auge de las industrias nupciales: inmobiliarias, agencias de viajes, agencias de contactos, iglesia católica, hoteles, salones de boda, bufetes de abogados para tratar acuerdos pre y postmatrimoniales, gabinetes de psicólogos y en los que se trata el mal de amores, etc. El amor es, así, un mecanismo que encauza el estilo de vida consumista imperante en nuestras sociedades actuales. El amor tiene su propia oferta y demanda, y sus productos de usar y tirar; tod@s buscan a la persona ideal con la que establecer la relación perfecta. Este mercado sentimental constituye una especie de búsqueda compulsiva del Paraíso, edén emocional en el que las ansias de autorrealización y de felicidad se ven colmadas y satisfechas.

LAS PRINCESAS, LOS PRÍNCIPES Y LAS MEDIAS NARANJAS

Los mitos amorosos siguen impregnando el imaginario colectivo y se refuerzan aún más a través de las narraciones que circulan por el espacio social a diario: novelas, música (pop)ular, películas de cine, series de televisión, concursos televisivos, cuentos, spots publicitarios, obras teatrales, etc. En los medios de comunicación de masas siempre se habla de “tú y yo para siempre”, nunca de un “nosotros” que englobe a los grandes colectivos humanos. Las narraciones posmodernas, además, ofrecen una imagen idealizada del amor porque están plagadas de princesas rosas, príncipes azules, medias naranjas, o mitos románticos acerca del amor como algo puro, incorruptible y eterno. Estos mitos construyen el amor como una fuente de felicidad absoluta y de emociones compartidas que amortiguan la soledad a la que está condenado el ser humano; en pareja las personas se sienten al menos acompañadas. En un mundo tan competitivo e individualista como el nuestro, en el que los grupos humanos se encuentran hiperfragmentados en unidades familiares básicas, las personas encuentran en el amor romántico la forma de enfrentarse al mundo. El amor, es, en este sentido, un nexo que se establece con otra persona y gracias al cual podemos sentir que hay alguien que nos escucha, nos apoya incondicionalmente y lucha con nosotros contra los obstáculos de la vida.
El problema fundamental de esta cultura del amor mitificado es que no casa con la realidad, ya que las personas no somos perfectas, y las relaciones entre nosotros tampoco. La rutina, el egoísmo, la incomunicación, la convivencia, y otros muchos factores interrelacionados acaban con la magia del amor. Las grandes expectativas que ponemos en que alguien nos salve y nos colme la existencia por completo hacen que la gente se sienta frustrada o agobiada por la tremenda responsabilidad que deposita la otra persona en nosotros.
El amor es una potente fábrica de sueños imposibles y además es una forma moderna de trascendencia espiritual. Al enamorarnos, las potentes hormonas placenteras que se disparan en nuestros cuerpos hacen que la vida cobre una intensidad inusitada; que todo, el tiempo y el espacio, y nuestra concepción de la realidad, se trastoquen y adquieran nuevos colores y tonos. La gente al enamorarse siente las puertas del destino abiertas a multitud de posibilidades, y se sienten creativos, ilusionados ante un nuevo proyecto vital y amoroso.Bajo la máxima de que el amor todo lo puede somos capaces de realizar grandes gestas: buscar un trabajo mejor remunerado, enfrentarnos con valentía al jefe, cambiarnos de ciudad o país, enfrentarnos a nosotros mismos (nuestros miedos, defectos, debilidades…).

En definitiva, el amor es una especie de religión posmoderna colectiva que nos convierte en protagonistas de nuestra propia novela, que nos hace sentir especiales y que logra transportarnos a una dimensión sagrada, alejada de la gris cotidianidad de nuestra vida. Nos sirve, de algún modo, como un dispositivo para escapar de la realidad, una forma de evadirnos análoga a los deportes de riesgo, las drogas y la fiesta.

Enamorarnos es sentir que estamos vivos, es una forma de segregar adrenalina que, sin embargo, suele hacernos sufrir mucho cuando se acaba o nos abandonan. El amor es utópico porque su idealización es irrealizable, su intensidad no es para siempre, y además, como dijo Neruda, el amor es breve: dura más el olvido.


Coral Herrera Gómez. investigadora en Humanidades.

Este artículo fue publicado en Diagonal el día 24 de Julio.


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